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Hace
unos días, cuando en Israel se celebraba la fiesta más
importante para los judíos -Pésaj -, fueron
asesinados mientras comían decenas de israelíes a manos de
un suicida palestino que entró en un hotel. Los
supervivientes contaban que el palestino miró a su alrededor,
los observó y después con gesto frío se voló con
explosivos. Como reacción a esto y a otros tres crueles
atentados, el Gobierno de Israel ordenó el alistamiento de
veinte mil reservistas para llevar a cabo una amplia operación
contra la Autoridad Nacional Palestina, a la que cree
promotora e instigadora de estos actos terroristas.
La
inseguridad, la desesperación y la angustia de todos y cada
uno de los israelíes penetran rápidamente en la conciencia
colectiva. De nuevo se descubre la extraña contradicción
interna de Israel: por un lado, uno de los países más
fuertes de Oriente Próximo desde el punto de vista militar y
económico, con una tenaz disposición a defender su tierra.
Por otro, un Estado enormemente frágil que, de forma profunda
e incluso trágica, no se siente seguro, desde su nacimiento,
de tener un futuro en Oriente Próximo. Ambos rasgos destacan
en estos momentos: Israel es hoy un puño cerrado que, a la
vez, mantiene sus dedos extendidos con desesperación.
Perdonen
esta exageración tan dramática, pero estoy escribiendo desde
el 'frente de batalla', es decir, estoy sentado en un café de
mi barrio, en un centro comercial próximo a mi casa, cerca de
Jerusalén. Soy el único cliente del café, un lugar que hace
tan sólo unos meses era un hervidero de gente a cualquier
hora del día o de la noche. A mi alrededor, se apresuran
algunos clientes, cuyos rostros muestran que no desean
quedarse allí. Miran a los lados, con una constante actitud
de alerta. Cualquiera puede ser alguien que acabe con su vida:
aquel hombre que, por ejemplo, lleva ya unos momentos sin
moverse, junto a la escalera de la segunda planta, y que ahora
se mete la mano en el bolsillo del pantalón. Veo a mi
alrededor unos ojos que lo examinan con tristeza. Sin darse
cuenta, la gente se echa hacia atrás, hacia la pared. ¿Qué
se supone que debo hacer ahora? ¿Qué se hace cuando eso
ocurre? El hombre saca un paquete de cigarrillos. Eso es todo:
una cajetilla pequeña y coloreada, dañina sin duda pero nada
más. Que te siente bien, amigo. Y la película que nos dejó
quietos y helados vuelve a continuar, hasta el próximo
escalofrío.
Por
supuesto que las fuerzas de ambos lados, israelíes y
palestinos, no son equiparables, pero sí son equiparables el
miedo que actualmente sienten los unos hacia los otros y la
capacidad de ambos de hundirse en el abismo y arrastrar con
ellos a sus vecinos. Tampoco es comparable el grado de
responsabilidad de unos y de otros. La ocupación empezó,
como es sabido, a causa de una guerra que emprendieron los árabes
contra Israel en 1967. Los asentamientos judíos que siguieron
a esta ocupación crearon una situación en la que la separación
definitiva de los territorios palestinos resulta casi
imposible. Arafat cometió un error fatídico en julio del año
2000 al rechazar tajantemente las generosas ofertas -aunque no
lo bastante- de Barak y provocó la actual Intifada, en lugar
de seguir con las negociaciones. Sharon ayudó a empeorar la
situación al visitar la Explanada de las Mezquitas y al
practicar una política prepotente y humillante hacia los
palestinos. Arafat empeoró aún más la situación al
rechazar las propuestas de conciliación del enviado
estadounidense, Zinni; propuestas que en cambio Sharon aceptó.
Arafat es también el responsable de animar sin cesar los
actos de terror y de los kamikazes; de hecho, excarceló
a suicidas potenciales y durante el último mes ha promovido
una ola de violencia, cuando había podido 'aplacar las
llamas' si hubiera respondido al freno israelí después de
tres actos terroristas especialmente crueles.
Sin
querer quitarle responsabilidad a Israel en el empeoramiento
de la situación, y sin olvidar el gran sufrimiento del pueblo
palestino tras una ocupación de más de treinta y cinco años,
ahora siento que los palestinos, al elegir las armas y los
actos suicidas, nos han conducido a esta situación
insufrible. Eso es algo que hay que aceptar para ser capaces
de enfrentarnos con la nueva situación: los atentados
suicidas han introducido en un conflicto tremendamente
complicado un elemento irracional, loco, completamente
antihumano desde cualquier perspectiva, inmoral hasta un grado
que aún no se había visto en este podrido conflicto. Los
actos kamikazes son algo ante lo cual uno nunca sabe cómo
enfrentarse, y su utilización, tan extendida y ya casi
'habitual', puede llevar a una reacción peligrosa por parte
de Israel y alejar a los israelíes de una actitud razonable,
tan necesaria en estos momentos.
Así
pues, debido a una cadena de errores, de actos injustos y
crueles por ambos lados, los dos pueblos han llegado a la
situación más peligrosa desde que se inició este conflicto.
Actualmente,
cuando el ejército israelí cerca la sede de Arafat, cuando
otro kamikaze se está dirigiendo -y de ello no hay
duda- hacia alguna calle, algún autobús o alguna sinagoga de
Israel; en estos momentos, como si se tratase de una escena
sacada de una novela épica enrevesada y siempre cambiante,
los dos dirigentes, Ariel Sharon y Yaser Arafat, se enfrentan
cara a cara; son dos viejos astutos, campeones en sobrevivir
en situaciones difíciles, genios en jugar a un extraño
ajedrez en el que provocan que todos los daños los sufran
precisamente sus mismos peones.
Veinte
años después de que Sharon encerrase a Arafat en Beirut en
la guerra de 1982 y después de que Arafat se escapase a Túnez
-cuando caminaba por el muelle de Beirut, mientras era
apuntado por el fusil de un francotirador israelí al que le
habían ordenado no disparar-, los dos hombres vuelven a
encontrarse.
¡Qué
detestable la situación que ambos han creado para sus
pueblos! Es una situación hecha a su imagen y semejanza. Y lo
'han logrado'. Cada uno a su manera, cada uno según sus
posibilidades a lo largo de los años: alentar la violencia,
provocar odio y desesperación en sus pueblos. Sus enemigos
dicen de ellos que no tienen ninguna política ni visión de
futuro excepto su voluntad de permanecer, sobrevivir. Vean cómo
la situación actual es la consecuencia inevitable de su forma
de actuar y de sus ambiciones, hasta qué punto lo que ocurre
hoy en día refleja su visión bélica de la vida y su postura
prepotente y les permite -gracias a un trágico círculo
vicioso- 'justificar' su actitud.
Sharon
y Arafat juntos, colaborando de forma escalofriante, han
complicado la situación política hasta el punto de conducir
a una guerra, han eliminado la esperanza de alcanzar el diálogo,
han llegado a una situación tan extrema que sus pueblos han
sido tentados a creer que realmente no queda otra opción que
luchar y matarse los unos a los otros.
Y
así se llega a la escena actual: cada uno en el papel que tan
magníficamente llevan representando desde décadas. Uno como
general poderoso, una especie de resto de la poderosa y nueva
historia militar de los judíos. El otro como el perseguido,
el aislado, cercado, derrotado por la miseria de la que
precisamente se alimenta de forma sorprendente.
Los
dos serán derrotados como, tal vez, ya lo fueron en el
pasado. Sharon no podrá acabar con el terror. Ni aunque
capture a todos los instigadores de los atentados, ni aunque
se incaute de todo el enorme armamento que hoy en día tienen
los palestinos, conseguirá arrancarles del corazón el
impulso que los lleva a cometer los atentados, la desesperación
y la sensación de humillación que los hace odiar a Israel.
Tan sólo animará el terror y hará tambalear aún más la
situación.
Arafat
no logrará cumplir, probablemente, su deseo de involucrar en
el conflicto a los países árabes, ya que temen -no menos que
Israel- la sensación de inseguridad interna que el conflicto
palestino-israelí provoca y, sobre todo, al fundamentalismo
islámico que Arafat promueve y que puede acabar dañándolos.
Parece, por tanto, que todo el mundo seguirá dejando que
israelíes y palestinos se desangren mutuamente.
Y
lo que es más grave: Arafat, con su comportamiento engañoso,
animando a los kamikazes, manifestando su grotesca
esperanza de que también él 'será un suicida en su camino a
Jerusalén', sólo dificultará la posibilidad de que se
establezca un Estado palestino.
Cosas
terribles les ocurren a ambos pueblos. El miedo causa en el
alma no menos daño que los explosivos en el cuerpo. La
sociedad israelí se ha vuelto cada vez más violenta y
racista y menos democrática. La sociedad musulmana pasa por
un proceso aún más peligroso: es una sociedad que se está
acostumbrando a enviar a sus jóvenes a suicidarse para matar
a gente inocente, una sociedad que alienta actos kamikazes
y admira los atentados de los terroristas, y ello hará que
pague un precio en el futuro, tanto en lo que respecta a la
actitud ante la vida misma -la vida como un valor sagrado en
cualquier circunstancia- como desde un punto de vista práctico:
desde el momento en que la opción a realizar un atentado
suicida se introduce en la conciencia de un pueblo es
imposible que desaparezca. Esa opción volverá a surgir también
en las relaciones entre los miembros de esa sociedad. No es
raro, por ello, que los palestinos moderados tengan tanto
miedo como los israelíes. Ellos son conscientes de la amarga
verdad: los explosivos de los suicidas, que tan efectivos han
resultado ser con los israelíes, pueden ir dirigidos también
contra ellos cuando tengan un Estado independiente y empiecen
las discusiones sobre el modelo y carácter de ese Estado.
Ésa
es la situación ahora mismo. Una situación desesperada y
demoledora. ¿Cómo salir de ella? Solamente a través del diálogo,
a través de la vuelta inmediata a las negociaciones, sin
condiciones previas por ningún lado y luchando con firmeza
contra el terrorismo. Arafat debe luchar contra el terror de
forma seria y auténtica, a diferencia de lo que ha hecho en
el pasado. Sharon debe salir de los territorios de la
Autoridad Palestina e iniciar las negociaciones con el mismo
tesón con que dirige ahora las acciones militares.
Desgraciadamente seguirá habiendo actos terroristas durante
mucho tiempo, pero si en paralelo se mantiene un proceso paz
donde se hagan concesiones, se salga de los territorios y se
intente reconocer el sufrimiento del otro, es posible que poco
a poco sean menos los palestinos que aplaudan a los
terroristas suicidas y más los israelíes que confíen en la
posibilidad de la paz. ¿Se puede llegar a esto? Cualquier
persona sensata sabe que Sharon y Arafat no son capaces de
lograrlo. ¿Qué nos queda? Vivir la pesadilla hasta el final,
ir de entierro en entierro e intentar sobrevivir. Los
pensamientos sobre la paz, la reconciliación y la convivencia
entre ambos pueblos suenan ahora como los últimos estertores
de vida procedentes de un barco hundido.
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