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Qué difícil es crear algo nuevo en este mundo y qué fácil
destruirlo. Sólo hicieron falta unas cuantas horas para
destrozar la delicada red de relaciones que había sido tejida
entre palestinos e israelíes tras 100 años de animosidad. ¿De
qué estaba hecha esa red? De las cosas más abstractas: de
una gran dosis de buena voluntad por ambas partes, de
cansancio por la guerra y, sobre todo, de la madurez y
disposición favorable de algunos grandes líderes que, con la
sabiduría de la edad, pudieron superar sus miedos y fueron
capaces de rebelarse contra su propia mentalidad.Durante los
dos últimos años hemos podido empezar a especular sobre cómo
sería la paz verdadera entre Israel y sus vecinos. Paz,
recalco, y no amor. Claro que, ¿quién busca el amor entre
naciones? Lo principal es el cambio en las categorías de
sentimiento y pensamiento: de repente quedó claro, para
sorpresa de muchos palestinos e israelíes, que si se desechan
los estereotipos y se contempla al enemigo como a un ser
humano, se descubre que es una persona como uno mismo. Si se
le res peta como persona, se hace merecedor de ese respeto. Al
final, una persona y una nación- puede decidir que ya no está
dispuesta a seguir siendo víctima de una vi sión estancada
del mundo, de una interpretación estrecha de su propia
historia. Esto puede sonar a banalidad, pero los
acontecimientos de la semana pasada muestran hasta qué punto
en esta región todos somos esclavos de esos estereotipos y
hasta qué punto el uso de la fuerza es nuestro idioma
materno.La posibilidad de la paz nos enseñó que no hay que
vivir cada momento de la vida en el marco dicotómico de
"víctima o amo". Los tres años transcurridos desde
la firma del Acuerdo de Oslo infundieron en israelíes y
palestinos la sensación -que prácticamente no habían
conocido anteriormente- de la libertad, de encontrarse en el
comienzo de una larga recuperación. Aquí y allá se
establecieron nuevos lazos económicos, culturales e incluso
militares. Trabajar juntos se convirtió en rutina y se
crearon mecanismos que, con gran criterio, lograron eliminar
focos de oposición a la paz, mediante un proceso de educación
mutua. Se establecieron nuevas amistades personales. Permítanme
dar un pequeño ejemplo: cuando en febrero pasado murieron
asesinados más de 50 israelíes víctimas de atentados
suicidas cometidos por extremistas de Hamás, un amigo
palestino me llamó desde Ramalá y se ofreció a donar sangre
para los heridos.¿Demasiado poco? Por supuesto. Pocos son los
que realmente se han atrevido a soñar con ese sueño, pero
eso no significa que sea un espejismo. Empresas humanas
trascendentales surgieron del sueño de una sola persona, o de
un pequeño grupo de gente. Así empezó el sionismo. Así se
creó el Estado de Israel. Los sueños son algo muy concreto
en Oriente Próximo, pero ¿por qué, maldita sea, los sueños
de destrucción y los fantasmas religiosos tienen aquí tanto
éxito?No pretendo encubrir la situación desde que se firmó
el Acuerdo de Oslo. El proceso ha sido difícil, amargo y
sangriento. La mayoría de los israelíes y de los palestinos
aún están muy lejos de esa noble y esperanzadora sensación
que he descrito. De hecho, las concesiones que ambas partes se
vieron obligadas a hacer provocaron en muchos un aumento de la
ansiedad y la sensación de que la otra parte les estaba engañando.
Esta gente fue empujada a dar un nuevo y decisivo paso hacia
el precipicio.El Acuerdo de Oslo de 1993 refleja esta
ambivalencia, especialmente la de la parte israelí, que dictó
sus condiciones y obligó a respetarlas. Era una "paz de
los valientes", por usar los términos de Árafat, tan sólo
a primera vista. Cualquiera que leyera los acuerdos y
examinara los mapas entendía que la valentía había servido
sólo para derribar las barreras psicológicas, no para crear
un cambio profundo y fundamental en las relaciones entre los
dos pueblos. El acuerdo-que estipulaba que los asentamientos
israelíes permanecieran donde estaban y que destrozaba
Cisjordania convirtiéndola en un tablero de ajedrez, de
rodeos y barricadas y áreas de control israelí- no tuvo
muchas posibilidades desde el principio. Quiero creer que un
gobierno racional y flexible -como la Administración de Rabin
y Peres en su última fase- habría sido lo suficientemente
inteligente como para enmendar los fallos del acuerdo y
continuar el proceso, con la esperanza de que la mayoría de
los israelíes iría reconociendo poco a poco la gran bendición
que la paz verdadera podría suponer. La grandeza de Rabin y
Peres fue que en un momento dado (no al principio del proceso)
definieron - el objetivo final -la paz verdadera- y decidieron
ignorar todos los obstáculos del camino, incluidas las
preocupantes violaciones por parte de los palestinos y las
tentaciones israelíes de usar la fuerza, que es su forma
tradicional de comunicarse con los árabes.Netanyahu, a
diferencia de Rabin y Peres, tiene una meta final distinta,
que está quedando nauseabundamente clara a medida que pasa el
tiempo. Por eso es, al parecer, por lo que se ha aferrado con
tanto entusiasmo a todos los obstáculos en el camino hacia la
paz de Rabin, con el fin de detener el proceso. Claro que
quiere la paz. ¿Quién no quiere la paz? Pero todo lo que,
hace indica que quiere una especie de paz abstracta, sin
concesiones, una paz, en resumen, sin socio. Y su paz virtual
e imaginaria nos ha llevado de cabeza a una pesadilla.Pero el
proceso de paz ha dado lugar a otro hecho nuevo y decisivo:
hoy Israel forma parte de Oriente Próximo. Forma parte del
sistema político de la zona, y no sólo de su sistema militar
como en el pasado. Tras décadas de conflicto, varios Estados
árabes importantes entendieron por fin que tenían que
aceptar la presencia de Israel. Este fue un gran logro para
Israel, que hace realidad el sueño que sus líderes siempre
traían a colación. Ese sueño tiene un precio: exige que
maduremos y empecemos a comportarnos de forma más
responsable. Los gobiernos de Israel ya no pueden hacer en la
región lo que se les antoje y resolver todos los problemas
por la fuerza de las armas. Mientras Israel estuvo
completamente aislado se permitió a sí mismo, a veces muy
justificadamente, tratar a todos los que le rodeaban como
enemigos absolutos y responder con gran contundencia a
cualquier provocación. Hoy la situación es mucho más
compleja: los lazos de Israel con egipcios, jordanos y
palestinos limitan y complican sus respuestas. Hoy en día
Israel tiene mucho que perder en Oriente Próximo. Un
empeoramiento de las relaciones con los palestinos conducirá
a un trágico deterioro de las relaciones con Egipto y
Jordania; y la amplia minoría palestina en el seno de Israel
también expresa ahora sus críticas con una voz más potente
y segura. Lo contrario también es cierto: el avance por una vía
reforzará las demás. No digo que Israel tenga que
agradecerle a nadie haber sido "aceptado" finalmente
en el club de Oriente Próximo, pero el hecho de haber sido
aceptado tiene que reflejarse en su forma de pensar y en su
comportamiento.Bajo el liderazgo de Netanyahu, Israel está
siendo empujado una y otra vez a cometer acciones impulsivas e
irresponsables. Humilla a los palestinos y los trata con
desprecio. Netanyahu jugó a dárselas de importante durante
semanas antes de dignarse finalmente a reunirse con el jefe de
la Autoridad Palestina, como si la reunión sólo interesara a
los palestinos. Cien días después de las elecciones,
Netanyahu sigue negándose a hacer honor a la firma de Israel
en el Acuerdo de Oslo, se niega a cambiar de frente las
fuerzas israelíes en Hebrón, los ministros del Gobierno
construyen cada vez más casas en los asentamientos y están
dando lugar a una situación que tal vez desencadene una nueva
y horrible guerra. Netanyahu representa hoy todo lo que la política
israelí tiene de arrogante y beligerante: precisamente esos
rasgos de los que habíamos empezado a recuperar nos. Este último
agravamiento de la situación llevará lógicamente a sus
partidarios a declarar: "Ya te lo dijimos. No se puede
uno fiar nunca de los árabes. Les dimos pistolas y las están
utilizando para matarnos. Entre nosostros siempre mandará la
espada". Y los que piensan como yo dicen: ."Ya hemos
probado la vía del conflicto y de la lucha y hemos
descubierto que la violencia conduce a la ruina. Pero el
camino hacia la paz, ese camino, apenas lo hemos pisado. Y hoy
parece más largo y lejano que nunca.
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