TRIBUNA: DAVID GROSSMAN

Israelíes y palestinos: Ia paz en llamas 


El frágil proceso de paz entre israelíes y palestinos iniciado hace tres años en Oslo tuvo la semana pasada su más grave prueba de fuego. La decisión del primer ministro israelí, Benjamín Netenyahu, de abrir un acceso al túnel existente junto a la Explanada de las Mezquitas, en Jerusalén, provocó un estallido de violencia que en dos días se cobró más de 70 vidas. Los gravísimos incidentes pusieron de manifiesto la debilidad de ese proceso -que estos días se intenta re componer en Washington- y la proyección que la política del nuevo Gobierno conservador israelí puede tener en el futuro. En estas páginas se analizan desde puntos de vista divergentes las causas de este drama que parece no tener fin.

 

David Grossman es escritor israelí, autor, entre otros libros, de Presencias ausentes (Conversaciones con palestinos en Israel).

 

EL PAÍS |  Opinión - 03-10-1996

 

 

 

 

 

Una meta más lejana que nunca  

Qué difícil es crear algo nuevo en este mundo y qué fácil destruirlo. Sólo hicieron falta unas cuantas horas para destrozar la delicada red de relaciones que había sido tejida entre palestinos e israelíes tras 100 años de animosidad. ¿De qué estaba hecha esa red? De las cosas más abstractas: de una gran dosis de buena voluntad por ambas partes, de cansancio por la guerra y, sobre todo, de la madurez y disposición favorable de algunos grandes líderes que, con la sabiduría de la edad, pudieron superar sus miedos y fueron capaces de rebelarse contra su propia mentalidad.Durante los dos últimos años hemos podido empezar a especular sobre cómo sería la paz verdadera entre Israel y sus vecinos. Paz, recalco, y no amor. Claro que, ¿quién busca el amor entre naciones? Lo principal es el cambio en las categorías de sentimiento y pensamiento: de repente quedó claro, para sorpresa de muchos palestinos e israelíes, que si se desechan los estereotipos y se contempla al enemigo como a un ser humano, se descubre que es una persona como uno mismo. Si se le res peta como persona, se hace merecedor de ese respeto. Al final, una persona y una nación- puede decidir que ya no está dispuesta a seguir siendo víctima de una vi sión estancada del mundo, de una interpretación estrecha de su propia historia. Esto puede sonar a banalidad, pero los acontecimientos de la semana pasada muestran hasta qué punto en esta región todos somos esclavos de esos estereotipos y hasta qué punto el uso de la fuerza es nuestro idioma materno.La posibilidad de la paz nos enseñó que no hay que vivir cada momento de la vida en el marco dicotómico de "víctima o amo". Los tres años transcurridos desde la firma del Acuerdo de Oslo infundieron en israelíes y palestinos la sensación -que prácticamente no habían conocido anteriormente- de la libertad, de encontrarse en el comienzo de una larga recuperación. Aquí y allá se establecieron nuevos lazos económicos, culturales e incluso militares. Trabajar juntos se convirtió en rutina y se crearon mecanismos que, con gran criterio, lograron eliminar focos de oposición a la paz, mediante un proceso de educación mutua. Se establecieron nuevas amistades personales. Permítanme dar un pequeño ejemplo: cuando en febrero pasado murieron asesinados más de 50 israelíes víctimas de atentados suicidas cometidos por extremistas de Hamás, un amigo palestino me llamó desde Ramalá y se ofreció a donar sangre para los heridos.¿Demasiado poco? Por supuesto. Pocos son los que realmente se han atrevido a soñar con ese sueño, pero eso no significa que sea un espejismo. Empresas humanas trascendentales surgieron del sueño de una sola persona, o de un pequeño grupo de gente. Así empezó el sionismo. Así se creó el Estado de Israel. Los sueños son algo muy concreto en Oriente Próximo, pero ¿por qué, maldita sea, los sueños de destrucción y los fantasmas religiosos tienen aquí tanto éxito?No pretendo encubrir la situación desde que se firmó el Acuerdo de Oslo. El proceso ha sido difícil, amargo y sangriento. La mayoría de los israelíes y de los palestinos aún están muy lejos de esa noble y esperanzadora sensación que he descrito. De hecho, las concesiones que ambas partes se vieron obligadas a hacer provocaron en muchos un aumento de la ansiedad y la sensación de que la otra parte les estaba engañando. Esta gente fue empujada a dar un nuevo y decisivo paso hacia el precipicio.El Acuerdo de Oslo de 1993 refleja esta ambivalencia, especialmente la de la parte israelí, que dictó sus condiciones y obligó a respetarlas. Era una "paz de los valientes", por usar los términos de Árafat, tan sólo a primera vista. Cualquiera que leyera los acuerdos y examinara los mapas entendía que la valentía había servido sólo para derribar las barreras psicológicas, no para crear un cambio profundo y fundamental en las relaciones entre los dos pueblos. El acuerdo-que estipulaba que los asentamientos israelíes permanecieran donde estaban y que destrozaba Cisjordania convirtiéndola en un tablero de ajedrez, de rodeos y barricadas y áreas de control israelí- no tuvo muchas posibilidades desde el principio. Quiero creer que un gobierno racional y flexible -como la Administración de Rabin y Peres en su última fase- habría sido lo suficientemente inteligente como para enmendar los fallos del acuerdo y continuar el proceso, con la esperanza de que la mayoría de los israelíes iría reconociendo poco a poco la gran bendición que la paz verdadera podría suponer. La grandeza de Rabin y Peres fue que en un momento dado (no al principio del proceso) definieron - el objetivo final -la paz verdadera- y decidieron ignorar todos los obstáculos del camino, incluidas las preocupantes violaciones por parte de los palestinos y las tentaciones israelíes de usar la fuerza, que es su forma tradicional de comunicarse con los árabes.Netanyahu, a diferencia de Rabin y Peres, tiene una meta final distinta, que está quedando nauseabundamente clara a medida que pasa el tiempo. Por eso es, al parecer, por lo que se ha aferrado con tanto entusiasmo a todos los obstáculos en el camino hacia la paz de Rabin, con el fin de detener el proceso. Claro que quiere la paz. ¿Quién no quiere la paz? Pero todo lo que, hace indica que quiere una especie de paz abstracta, sin concesiones, una paz, en resumen, sin socio. Y su paz virtual e imaginaria nos ha llevado de cabeza a una pesadilla.Pero el proceso de paz ha dado lugar a otro hecho nuevo y decisivo: hoy Israel forma parte de Oriente Próximo. Forma parte del sistema político de la zona, y no sólo de su sistema militar como en el pasado. Tras décadas de conflicto, varios Estados árabes importantes entendieron por fin que tenían que aceptar la presencia de Israel. Este fue un gran logro para Israel, que hace realidad el sueño que sus líderes siempre traían a colación. Ese sueño tiene un precio: exige que maduremos y empecemos a comportarnos de forma más responsable. Los gobiernos de Israel ya no pueden hacer en la región lo que se les antoje y resolver todos los problemas por la fuerza de las armas. Mientras Israel estuvo completamente aislado se permitió a sí mismo, a veces muy justificadamente, tratar a todos los que le rodeaban como enemigos absolutos y responder con gran contundencia a cualquier provocación. Hoy la situación es mucho más compleja: los lazos de Israel con egipcios, jordanos y palestinos limitan y complican sus respuestas. Hoy en día Israel tiene mucho que perder en Oriente Próximo. Un empeoramiento de las relaciones con los palestinos conducirá a un trágico deterioro de las relaciones con Egipto y Jordania; y la amplia minoría palestina en el seno de Israel también expresa ahora sus críticas con una voz más potente y segura. Lo contrario también es cierto: el avance por una vía reforzará las demás. No digo que Israel tenga que agradecerle a nadie haber sido "aceptado" finalmente en el club de Oriente Próximo, pero el hecho de haber sido aceptado tiene que reflejarse en su forma de pensar y en su comportamiento.Bajo el liderazgo de Netanyahu, Israel está siendo empujado una y otra vez a cometer acciones impulsivas e irresponsables. Humilla a los palestinos y los trata con desprecio. Netanyahu jugó a dárselas de importante durante semanas antes de dignarse finalmente a reunirse con el jefe de la Autoridad Palestina, como si la reunión sólo interesara a los palestinos. Cien días después de las elecciones, Netanyahu sigue negándose a hacer honor a la firma de Israel en el Acuerdo de Oslo, se niega a cambiar de frente las fuerzas israelíes en Hebrón, los ministros del Gobierno construyen cada vez más casas en los asentamientos y están dando lugar a una situación que tal vez desencadene una nueva y horrible guerra. Netanyahu representa hoy todo lo que la política israelí tiene de arrogante y beligerante: precisamente esos rasgos de los que habíamos empezado a recuperar nos. Este último agravamiento de la situación llevará lógicamente a sus partidarios a declarar: "Ya te lo dijimos. No se puede uno fiar nunca de los árabes. Les dimos pistolas y las están utilizando para matarnos. Entre nosostros siempre mandará la espada". Y los que piensan como yo dicen: ."Ya hemos probado la vía del conflicto y de la lucha y hemos descubierto que la violencia conduce a la ruina. Pero el camino hacia la paz, ese camino, apenas lo hemos pisado. Y hoy parece más largo y lejano que nunca.