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SÁBADO
El
sábado es un día ideal para ordenar el refugio. Mientras mi
mujer y yo intentamos tirar todos los trastos que se han ido
acumulando desde la última vez que ha habido peligro de
guerra (no fue hace mucho: la Intifada estalló hace un año),
mi hija pequeña está liada anotando a la gente que va a
invitar a su cumpleaños. Y la gran pregunta es: ¿Debo
invitar a Tali, aunque ella no me invitara al suyo? Así que
mi mujer y yo tratamos de ayudarla a solucionar el problema y
nos ponemos serios en un intento de mantener cierta
cotidianiedad. Desde los atentados en Estados Unidos nos han
arrebatado la ilusión de la rutina, la posibilidad de creer
que hay cierta continuidad lógica, ya que siempre planea la
idea de quién sabe dónde estaremos dentro de un mes.
Nosotros
ya sabemos que nuestra vida ya no será como antes del 11 de
septiembre. Cuando se derrumbaron las Torres Gemelas apareció
una especie de grieta grande y profunda en la vieja realidad.
Por esa grieta sale ahora el sonido apagado de truenos que
anuncian lo que puede irrumpir de allí: violencia, crueldad,
fanatismo y sinrazón. De repente, todo es posible. Es como si
esta nueva situación hubiera despertado en la conducta humana
la tentación de destruir, exterminar, aniquilar todo aquello
que tiene vida, desde el cuerpo de cada persona hasta la
sociedad, la ley, el Estado y la cultura. De pronto parece tan
vulnerable el deseo de conservar lo que ya existe y lo que es
nuestro día a día. Resulta tan enternecedor e incluso
heroico el esfuerzo por sentir cierta cotidianidad: mantener a
la familia junta, la casa, los amigos. (Por cierto, decidimos
invitar a Tali).
DOMINGO
Afortunadamente
para mí, la propuesta de escribir este diario ha llegado
cuando acabo de empezar a escribir una nueva novela. Si no
hubiera sido así, me temo que este diario sería realmente
deprimente. Han pasado ya varios meses desde que terminé mi
última novela y sentía cómo el hecho de no escribir me
influía para mal. Cuando no escribo tengo la sensación de
que no entiendo realmente nada, de que todo lo que me pasa,
todo lo que ocurre y todas mis relaciones con las personas son
hechos que tan sólo están 'uno al lado del otro', sin ningún
contacto pleno entre ellos. En cambio, desde que he vuelto a
escribir todo se va hilando de repente, todo acontecimiento
alimenta los otros. Todo aquello que veo, toda persona con la
que me encuentro es una pista que se me brinda y que espera
que yo la interprete.
Ahora
estoy escribiendo una novela sobre un hombre y una mujer.
Empezó siendo un cuento sobre el hombre, pero la mujer con la
que se encontró -que tan sólo iba a ser un personaje casual
destinado a escuchar la historia del hombre- de repente me está
interesando no menos que el hombre. Me pregunto si conviene,
desde una perspectiva literaria, rendirme a ella, ya que el
peso de la historia ya no estaría donde yo tenía pensado en
un principio. La mujer rompe el frágil equilibrio que
requiere la historia. Ayer por la noche me desperté pensando
que debería eliminarla y cambiarla por otro personaje, más pálido,
alguien que no le haga sombra al protagonista de la novela.
Pero por la mañana, cuando la vi escrita, no fui capaz de
despedirme de esa mujer; por lo menos, no antes de conocerla
un poco más. Hoy he estado todo el día escribiéndola.
Es
casi medianoche. Cuando estoy escribiendo una historia, trato
de irme a dormir con una idea que aún no tenga del todo
perfilada, que aún no entienda del todo, con la esperanza de
que por la noche la idea vaya madurando en mis sueños. Es tan
excitante y fortalecedor salir, gracias a una historia de
ficción, de la realidad sombría que me veo obligado a vivir
en esta zona inmersa en la desgracia. Qué bueno es volver a
sentirse vivo.
LUNES
Una
y otra vez leo en la prensa europea expresiones hostiles a
Israel, en las que incluso se le culpa de los últimos
acontecimientos. Me irrita tanto ver con qué vehemencia en
ciertos ámbitos se utiliza a Israel como chivo expiatorio,
como si Israel fuese la causa, simple, casi exclusiva que justifica
el terrorismo y el odio que actualmente está sufriendo
Occidente. Sin duda, sorprende el hecho de que Israel no haya
sido llamado a participar en la coalición contra el
terrorismo y sí en cambio ¡Siria e Irán!
Siento
que estos y otros acontecimientos (como la conferencia de
Durban y su actitud hacia Israel debido a la incitación
racista de países musulmanes) provocan un giro importante en
la visión que los israelíes tienen de sí mismos. Los israelíes,
que en su mayoría creían que de alguna forma habían
escapado ya del trágico destino de los judíos, vuelven a
sentir ahora que ese carácter trágico se manifiesta de
nuevo. De pronto, se ve lo lejos que están todavía de la
Tierra Prometida, lo extendidos que están aún los
estereotipos sobre el judío y cómo sigue habiendo
antisemitismo, el cual muchas veces se esconde bajo una
actitud antiisraelí radical, como si eso sí fuese legítimo.
Tengo
muchas críticas que hacer al comportamiento de Israel, pero
pienso que en las últimas semanas el odio hacia Israel que se
percibe en los medios de comunicación no se debe sólo a las
actuaciones del Gobierno de Sharon. Uno siente estas cosas en
su interior, debajo de la piel. Siento una especie de temblor
que llega hasta las células más antiguas de mi memoria,
hasta aquellas épocas en que el judío no era visto como un
ser humano -de carne y hueso- sino siempre como símbolo de
otra cosa. Un ejemplo escalofriante: 'Usted determina por
tanto', dijo ayer un presentador al final de un programa en la
BBC al árabe a quien entrevistaba, 'que Israel es la causa de
las desgracias que actualmente están envenenando el mundo.
Gracias y buenas noches'.
MARTES
Desde
hace aproximadamente dos días parece haber descendido el
grado de violencia entre Israel y los palestinos. El corazón,
acostumbrado a las decepciones, se niega aún a dejarse llevar
por el optimismo. No obstante, la calma le permite a uno
meterse en la escritura sin remordimientos de conciencia. La
mujer de mi novela se está haciendo cada vez más importante.
No tengo ni idea de adónde me llevará. Hay en ella algo de
amargura e infinitud que me asusta y me atrae. Siempre se
siente una enorme expectación al empezar una novela: la
historia me ha de sorprender. Aún más, quiero que la
historia me traicione de verdad, que me tire de los
pelos y me arrastre a escribir lo totalmente contrario de lo
que quiero, que me lleve a los lugares más peligrosos y
aterradores para mí, que anule las cómodas coordenadas y los
mecanismos que forjan mi vida, que acabe conmigo, con mis
relaciones con mis hijos, con mi mujer, con mis padres, con mi
país, con la sociedad en la que vivo, con mi idioma.
No
es extraño que sea difícil entrar en una nueva historia. El
alma se estremece. El alma -como todo ser vivo- desea seguir
en movimiento, en la rutina. ¿Por qué tiene ella que
participar en este proyecto de autodestrucción? ¿Qué mal le
va así? Tal vez por eso me lleva tanto tiempo escribir una
novela. En los primeros meses es como si yo tuviera que ir
quitando una capa tras otra hasta llegar a mi alma rebelde.
MIÉRCOLES
'Sólo
el que no ha escuchado las noticias de última hora sonríe'.
Eso es lo que Bertolt Brecht escribió en una ocasión. A las
siete y media de la mañana dicen en la radio que ha habido un
atentado contra el ministro Rehavam Zeevi. Era uno de los políticos
isralíes más radicales en su postura hacia los palestinos.
Nunca estuve de acuerdo con sus opiniones, pero este acto de
terrorismo es terrible y no tiene justificación. Es lo mismo
que pienso cuando Israel mata a alguna personalidad política
palestina.
Como
cualquier Estado, Israel tiene evidentemente derecho a
defenderse cuando un terrorista lleva una bomba y está yendo
al lugar donde va a hacerla estallar. Rehavam Zeebi, a pesar
de sus ideas, no era uno de esos terroristas.
El
corazón se llena de angustia: Quién sabe cómo este
asesinato puede ahora empeorar la situación. Los dos últimos
días habían sido más o menos tranquilos; casi nos atrevimos
a respirar de nuevo a pleno pulmón. Ahora, de golpe, es como
si otra vez hubiéramos caído en la trampa. De nuevo recuerdo
lo mucho que la insoportable ligereza de la muerte nos domina
-escribo y tengo la sensación de que estoy siendo testigo de
los días previos a una gran catástrofe.
Con
todo, ayer disfruté de un momento de leve consuelo. Como cada
miércoles, me reuní con mi Habrutá, un compañero y
una compañera con las que quedo y estudio Talmud, Biblia,
pero también a Kafka y a Agnón. La Habrutá es una
institución judía muy antigua destinada a estudiar con otros
y a afinar el pensamiento a través de la discusión. A lo
largo de los años de estudio juntos hemos desarrollado una
especie de código privado compuesto de asociaciones y
recuerdos. De los tres yo soy el laico, pero con estos
dos amigos llevo ya diez años manteniendo un diálogo vivo,
emocionante y estimulador. Cuando estudio con ellos, me
vinculo por dentro a una cadena de dos mil años de pensadores
y creadores judíos. Llego a los cimientos de la lengua
hebrea, a las bases del pensamiento judío. De pronto,
entiendo el código oculto que subyace en la conducta social y
política de Israel hoy en día. En medio de la sensación de
confusión y ruina que me envuelve, me siento de repente
arraigado.
JUEVES
Todo
se derrumba. El Ejército israelí entra en la ciudad
palestina de Ramala. Día de combates. Seis palestinos muertos
(entre ellos una niña de 10 años y un líder de Al Fatah,
responsable del asesinato de varios israelíes). Un israelí
muere por disparos efectuados por palestinos procedentes de la
ciudad del líder de Al Fatah muerto anteriormente. El
frágil alto el fuego ha desaparecido y quién sabe cuánto
tiempo habrá que esperar hasta que se llegue a otro.
Telefoneo a una de las personas con las que puedo compartir mi
desesperación en momentos como éste. Se trata de Ahmad Harb,
un escritor palestino de Ramala. Un amigo. Me habla de los
tiroteos que oye. Me comenta el optimismo que había entre los
palestinos hasta anteayer, hasta que asesinaron al ministro
Rehavam Zeevi. 'Fíjate en cómo cooperan entre sí los
extremistas de ambos lados', me dice, 'mira lo bien que les
va'. Anteayer, por primera vez desde hacía semanas, Israel
había abierto el paso a la ciudad de Ramala. Después del
asesinato de Zeevi, han vuelto las barreras y los puestos de
control. Le pregunto a mi amigo palestino si hay algo en lo
que yo pueda ayudar. Él se ríe: 'Nosotros sólo queremos
movernos, estar en movimiento, salir de la ciudad y volver...'
Entre
las noticias, las sirenas de las ambulancias y el ruido de los
helicópteros que no paran de dar vueltas, intento aislarme y
esforzarme en escribir mi novela. No es que quiera dar la
espalda a la realidad -la realidad está aquí; es como un ácido
que devora cualquier célula protectora-. Lo que pasa es que
siento que, dadas las circunstancias, el mismo hecho de
escribir se convierte en un acto de protesta, en un acto de
afirmación del yo en medio de una situación que realmente
amenaza con destruirme. Cuando imagino o escribo siquiera una
frase, es como si lograra vencer, aunque sea por unos
instantes, la sinrazón y la tiranía de la situación. Por un
momento, no soy víctima.
VIERNES
La semana está a punto de terminar. En ella han ocurrido
hechos tan graves que no he podido escribir en este diario
sobre otras muchas cosas importantes para mí: sobre uno de
mis hijos, que está escribiendo una obra de teatro
surrealista para el seminario de teatro del instituto; sobre
el partido de fútbol que vimos juntos en televisión entre el
Manchester United y el Deportivo de La Coruña (incluido el
polémico gol que le metieron a Barthez); sobre mi hija, que
está realizando una investigación científica sobre su loro;
sobre mi hijo mayor, que ahora está haciendo el servicio
militar y por el cual me angustio en cada momento; y sobre mi
vigésimoquinto aniversario de boda, que ha sido esta semana.
Esta vez lo hemos celebrado con mucha preocupación: ¿Conseguiremos
mantener el marco frágil y vulnerable de la familia durante
los próximos años?
Tantas
cosas preciosas, tantos momentos íntimos se pierden a causa
del miedo y la violencia. Es tanta la energía que, en vez de
dedicarse a la creación y al pensamiento, se destina a la
destrucción y a la muerte -o a tratar de defenderse de una y
de otra-. A veces tengo la sensación de que la mayor parte de
las energías se dedican a conservar lo que ya existe. Si no
llega la paz, me temo que todos nos iremos convirtiendo en una
especie de armadura en la que ya no quedará dentro ningún
caballero.
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