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En hebreo,
la palabra sabra designa a los nacidos en el Estado de Israel, creado en
1948. Dos años antes habían llegado a Palestina los miembros de la
familia de Batya Gur –judíos polacos– que habían logrado sobrevivir
al Holocausto.
En 1947 nacía esta escritora, que se doctoró en Literatura Hebrea por la
Universidad de Jerusalén, una mujer con toda la fuerza de espíritu que
se les atribuye a los sabras, y con una personalidad vital y arrolladora.
Sus novelas de detectives, que empezó a escribir por diversión, se han
convertido en un éxito internacional.
Al tiempo que atrapan a cualquier lector –no sólo a los amantes de las
historias de intriga–, son reflejo de las contradicciones de la convulsa
sociedad israelí, de sus conflictos sociales y políticos.
El detective Ohayon
Su detective, Michael Ohayon, un tipo culto, solitario, sensible y
atractivo, se ha atrevido a penetrar en círculos tan cerrados como el
Instituto de Psicoanálisis –El asesinato del sábado por la mañana–,
el Departamento de Literatura de la Universidad Hebrea –Un asesinato
literario–, un kibbutz –Asesinato en el kibbutz– o el mundo de los músicos
–Un asesinato musical–.
“Siempre parto de una comunidad cerrada, porque el asesino siempre es
uno de nosotros; alguien que vive un conflicto moral”.
Michael Ohayon es la clave del éxito de Batya en Alemania, Francia,
Italia, Holanda, Dinamarca, Japón, Estados Unidos y ahora España, donde
Siruela publica todos sus libros.
De Ohayon sabemos que es un judío de origen marroquí, que está
divorciado, que tiene una amante católica y un hijo –en uno de los
libros se angustia cuando éste cumple el servicio militar durante la
primera Intifada–. “Ohayon ha crecido por sí mismo –explica–.
Surgió y se ha desarrollado él solo. La verdad es que me sorprende
mucho, y no sé qué va a ser de él”.
La genealogía literaria de este comisario lo emparenta más con la rama
europea de los detectives –el Maigret de Simenon y el Wallander del
sueco Mankell– que con la familia americana de los duros Sam Spade o
Philip Marlowe.
“Me gustan todos esos detectives, aunque me identifico más con Maigret.
Pero Simenon es más sobrio y cruel en su observación de la realidad que
yo, que soy más romántica”, sonríe.
Ohayon nació en El asesinato del sábado por la mañana. En esa primera
novela se produce un crimen en el Instituto de Psicoanálisis, que está
compuesto, sobre todo, por judíos alemanes –a los que Batya respeta y
por los que siente gran cariño, dicho sea de paso–, que en la sociedad
israelí representan lo más elevado, la crème de la crème.
“Yo quería un personaje diferente, un judío de Marruecos que no
estuviera en ese nivel de la escala social; quería hacer de él un
personaje tan inteligente o más que esos judíos que forman parte de esta
elite del mundo de psicoanálisis”. Pero lejos de molestar, su libro ha
caído en gracia, y se ha convertido en lectura obligatoria para los
alumnos de primer año de este instituto.
Una provocadora
A Batya Gur le divierte provocar. “En cierto modo, soy subversiva. Soy
una burguesa; es el modo de vida más eficaz, pero odio muchos conceptos
de la burguesía. Y la novela policiaca es subversiva; eso me gusta: saca
a flote lo oculto y demuestra que la sociedad y las personas no son lo que
parecen”.
La escritora israelí siempre sitúa sus crímenes en esos ambientes
cerrados, de elite, donde puede haber violencia reprimida y muchas
pasiones soterradas. “Me gusta situar los asesinatos en esos contextos
–sonríe–.
No conozco que se hayan producido asesinatos en ellos, pero las corrientes
subterráneas son tan fuertes que siempre podría haber un asesinato
potencial”.
Los ideales perdidos
En sus libros, Batya relaciona cierta corrupción o decadencia que puede
haber en esos ambientes “con la caída de los ideales en la sociedad
israelí”. En todas sus novelas hay una crítica a esos sectores que han
perdido su frescura primigenia.
Ella piensa que en la sociedad isrealí sí hay autocrítica, “aunque no
tanta como en mis libros. Debo decir que mis novelas han sido bien
recibidas, quizá porque la crítica está expresada de forma sutil e irónica”.
Su próximo libro en España, Asesinato en el corazón de Jerusalén, se
publicará en noviembre.
Es más directo que los otros y está ambientado durante la segunda
Intifada. “Aquí hablo de la vida cotidiana en un barrio de Jerusalén y
describo toda la violencia y la crudeza de la vida real en la actualidad.
Creo que esta violencia es el resultado de una pérdida de valores, y
tiene mucho que ver con nuestra ocupación de los territorios
palestinos”.
La Hoja de Ruta
Batya Gur se muestra muy escéptica respecto al futuro de la llamada Hoja
de Ruta, que intenta sentar las bases para iniciar un proceso de paz en la
zona. “Desgraciadamente, no tengo fe en ese plan; me parece todo una
tontería. No confío en el gobierno israelí ni en el palestino.
Hay un odio atroz en ambos lados, y bastante estupidez en el lado israelí.
Si supiéramos la solución estaría por la calle pintada en letras
gigantescas, pero no la sabemos. Pero creo que para empezar a andar deberíamos
comenzar por devolver a los palestinos sus tierras; la ocupación lleva a
la corrupción, y habría que permitir que exista un Estado palestino”.
La escritora cree que si hay paz, ambas partes tendrán que empezar a
ocuparse de sus problemas internos, que son muy profundos. “Tal vez eso
les asusta”.
Batya Gur afirma que ser crítica en Israel no es difícil. “Cuanto
mayor te haces menos tienes que perder. Creo que los viejos ideales ya no
funcionan y que el de Ariel Sharon es un gobierno terrible: ni en la peor
de mis pesadillas imaginé que llegara a primer ministro”.
Cuando nació el Estado de Israel, muchos soñaron, después del
Holocausto, con una sociedad ideal. “El Estado de Israel se basará en
los principios de libertad, justicia y paz”, decía su declaración de
mayo de 1948. “Hoy esta sociedad no es ni buena ni justa; los judíos no
somos moralmente mejores que otros, como pensábamos. Aquello fueron sueños,
y hoy vivimos una crisis de valores, porque nacimos creyendo en un país,
y hoy nada es verdad”.
Mascando nicotina
Si Batya Gur sufrió alguna vez lo que podríamos llamar una ‘crisis
creativa’, ésta se habría desencadenado hace unos dos años… Y no
por falta de inspiración, sino de cigarillos: “Dejé el tabaco y, desde
entonces, no tengo vida”, dice con risueña sinceridad la escritora. Por
lo demás, la más reciente y sorprendente miembro del restringido club de
las Damas del Crimen escribe de la misma forma que lee:
“Compulsivamente”.
A los 40 años –ahora tiene 55; nació en Tel Aviv el 1 de septiembre de
1947 y, por tanto, es sabra: vio la luz en el Estado de Israel al que sus
padres, judíos polacos, llegaron perseguidos por el horror nazi–, con
tres hijos, una larga trayectoria profesional de profesora y viéndose
obligada a escribir una tesina para licenciarse en leyes, admitió ante sí
misma que estaba más aburrida que una ostra y, puesta a redactar, optó
por divertirse. Así nació su saga de novelas (“Asesinato en…”, con
cuatro entregas y una quinta a punto de caramelo y edición),
protagonizada por el detective Michael Ohayon.
Ahora, Batya Gur crea tramas asfixiantes e inteligentes sin cigarrillos
–“sólo un sorbito de vodka de vez en cuando… ¿Whisky?: ¡jamás!;
eso queda para Dashiel Hammet y su detective Sam Spade…”–; pero con
una displina rigurosa: trabaja de 8 de la mañana a 2 de la tarde; cada
novela implica un 'embarazo literario' de entre año y medio y dos años;
y cada página es corregida por Batya Gur “entre treinta y cuarenta
veces”.
Esta señora de cutis delicado, vestida de vaporosos colores pálidos, de
ojos azules y sonrisa sabia y un tanto maliciosa, afirma estas cosas tan
tremendas sobre sus partos novelísticos con una serenidad perfecta, sin
ninguna estridencia, con la misma discreción que parece emplear para
elegir sus joyas: piedras claras engastadas en oro antiguo.
Pero, del mismo modo que Batya Gur –“Mi nombre, Batya, - explica al
tiempo que mastica chicle de nicotina- significa 'hija del faraón'… Era
el nombre de mi abuela, que murió en el Holocausto”– usa su estilo
literario sencillo para arrear estocadas críticas a sectores de la
sociedad israelí, encerrados en sus torres elitistas o recomidos por el
rencor que ha brotado como una mala hierba tras la pérdida de ideales y
el desgaste de utopías, uno tiene la sensación de que la aparente e
imperturbable calma de esta dama es un ropaje sutil que envuelve su
afilado sentido del humor y su adición a la ironía. Casi tanta como a
los cigarrillos…
De pronto, Batya Gur coge unas tijeras enormes que hay sobre la gran mesa
en la que ha depositado su no menos inmenso bolso… Y, no sé, un
escalofrío de emocionado temor te recorre el espinazo… No pasa nada:
despacio, con mimo y cuidado, Batya Gur recorta unos hilillos sobrantes
del amplio vuelo de su falda…
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