Batya Gur: metamorfosis de un ama de casa

Un buen día, Batya Gur se despertó y decidió que quería ser escritora. Y eso es exactamente lo que hizo. A los 39 años, Gur popularizó el género detectivesco en la literatura israelí y pasó a ser uno de los más destacados best-sellers del país en el exterior. Sus tres novelas de suspenso (la cuarta se publicó recientemente en hebreo) la han llevado a la Lista de Libros Sobresalientes del Año del New York Times, una proeza para cualquier escritor, cuanto más para uno extranjero y por añadidura novicio en el género policial. Sus libros han sido traducidos al francés, alemán (ganó el Premio Crimi de Alemania), italiano, holandés y japonés.

Pero su éxito es ante todo local. Sus libros -todos ellos best- sellers- se venden como pan caliente, un hecho que la hace sentir un poco incómoda. Sumamente tímida, Gur -ahora de 48 años- se agita en la silla de un bullicioso café de Jerusalén como si estuviera aguardando que le extraigan un diente.

"Odio que me formulen preguntas personales", dice Gur, una mujer sobria y elegante de llamativos ojos verdes y cabello rubio claro, pero sucumbe estoicamente. Sólo comenzó a escribir nueve años atrás, cuando se sintió repentinamente cansada de enseñar en un colegio secundario y harta de trabajar sobre su tesis de maestría sobre el poeta israelí Nathan Zach. La ex estudiante de literatura dice con seriedad que inició su carrera literaria con una novela de detectives porque es el género menos presuntuoso. "Si fallaba, nadie se habría enterado", explica con un tono aplomado que no logra encubrir las dudas.

Sus asesinatos tienen lugar en sociedades aisladas y autosuficientes: el Instituto de Psicoanálisis de Jerusalén ("Asesinato en una mañana de sábado", 1988), el Departamento de Literatura de la Universidad Hebrea ("Asesinato literario", 1991) y un kibutz, el paradigma del idealismo y las intrigas israelíes ("Asesinato en el kibutz", 1991). En su cuarta novela se aventura en el mundo de los músicos.

Para resolver el enigma, Gur presenta a los lectores al Inspector Michael Ohayón, el primer detective de consumo doméstico y en lo que parece ser promesa de anonimidad, su polo opuesto: él es hombre, ella mujer; él es divorciado, ella casada; él es hijo de inmigrantes marroquíes, ella de sobrevivientes del Holocausto. Sagaz observador de la condición humana, Ohayón resuelve los casos introduciéndose en los zapatos de los sospechosos: "Sólo cuando me identifico con alguien sé por donde avanzar".

Para Gur, la aparición del género policial es un síntoma de la madurez de la nación. "Totalmente realista de manera irreal, es un género serio precisamente por ser tan irónico", afirma Gur. "Creo que ya hemos crecido lo suficiente como para echar una mirada sobre nosotros mismos a través de esta lente microscópica finamente sintonizada".

Después de finalizada su tercera novela de suspenso, Gur dio un salto imaginativo y escribió "Lo kaj tearti li" ("No lo había imaginado así"), una novela sin crímenes ni suspenso cuya protagonista es una ginecóloga.

Gur enciende un cigarrillo tras otro, al igual que muchos de sus personajes, un hecho un tanto inusual en estos tiempos de conciencia sanitaria. "Soy más bien anacrónica" dice entre una bocanada y otra, "y también anticuada; me gusta que me abran la puerta y disfruto cuando me ayudan con el abrigo. Y odio la politica del feminismo". Una afirmacián algo curiosa para una mujer que ha logrado tanto. Se levanta a las 6:30, practica un poco de gimnasia y se sienta a la computadora a las 8:30. Además de escribir novelas, Gur -una ávida lectora- tiene una columna semanal de reseña de libros en el matutino hebreo "Haaretz" y enseña escritura creativa dos veces por semana en la Escuela de Cine y Televisión de Jerusalén. Evita la televisión y los encuentros literarios de tono social, y disfruta con la cocina, la música clásica y la playa. Y naturalmente, encuentra tiempo para sus hijos, dos varones y una mujer de 18, 16 y 11 años.

¿Cómo lo logra? Gur se alza de hombros. "No sé; suena muy impresionante al trasladarlo a la hoja de papel" admite, mirando el reloj. "Oh, querida, debo irme" se disculpa y con una alusión inintencional a Lewis Carroll, sale precipitadamente hacia su próxima cita.

- Shelley Kleiman