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Opinión |
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Por Amos
Oz 10/09/2003 |
Abu Mazen presentó su renuncia a
Yasser Arafat. En su discurso de dimisión,
culpa al propio Arafat de haberle clavado un puñal en la espalda, a Israel y a
los Estados Unidos de haberlo traicionado, y a los medios de comunicación
árabes de haberse burlado de él. No hubo, sin embargo, ni una sola palabra de
autocrítica.
Ni una palabra sobre el hecho de que el propio Abu Mazen no cumplió el
compromiso más urgente: según el acuerdo de la hoja de ruta, se había
comprometido a desarmar a los grupos palestinos fanáticos, los enemigos de la
paz.
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Hasta donde yo sé, en sus 100 días de gestión Abu Mazen no confiscó siquiera
una sola pistola. Por supuesto, Abu Mazen podrá argumentar en su defensa que
el primer ministro israelí, Ariel Sharon, no cumplió en absoluto su propio
compromiso según los términos de la hoja de ruta, en virtud del cual estaba
obligado a desmantelar los asentamientos judíos no autorizados en los
territorios ocupados y a paralizar todos los restantes. Sharon no hizo nada de
eso. La única
diferencia es que ni sueña con renunciar y, en cambio, sostiene que no puede
negociar con Arafat ni con cualquiera de sus colaboradores.
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Esta es una posición impracticable, porque no corresponde a los israelíes
decidir quién representa a Palestina, así como no corresponde a los palestinos
elegir qué israelí será su socio.
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Arafat acaso sea un hombre malicioso, con un historial de violencia y
traiciones, como bien lo sabe ahora el propio Abu Mazen. Sin embargo, nosotros,
los israelíes, no podemos elegir a la Madre Teresa para que se convierta en
líder de los palestinos. Tenemos que negociar con Arafat, no porque sea dulce y
amable, no porque sea nuestro amigo, sino precisamente porque es el líder de
nuestros enemigos (si Arafat hubiese sido la Madre Teresa, la paz habría
existido desde
hace mucho tiempo y no hubiera habido necesidad de negociar, de tirar y
aflojar, y de establecer compromisos). La cuestión no es con quién uno
negocia,
sino cuál es la agenda de negociaciones.
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Cada vez que exige que se permita a los refugiados palestinos instalarse en el
propio Israel, Arafat demuestra que desea dos Estados palestinos y ningún
Estado para el pueblo judío. En 1948, cientos de miles de palestinos fueron
expulsados de lo que es hoy el Estado de Israel. Paralelamente, cientos de
miles de judíos que han vivido en países árabes durante miles de años fueron
expulsados y forzados a emigrar a Israel.
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Los refugiados
.
La simple respuesta para esta tragedia es la siguiente: Palestina para los
palestinos e Israel para los israelíes.
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La cuestión de los refugiados fue el verdadero obstáculo en Camp David hace
tres años y en cada esfuerzo tendiente a la paz desde entonces. Quizás el
mejor primer paso posible a estas alturas de los acontecimientos sea que Arafat
sostenga de viva voz que el Estado de Israel es la patria del pueblo judío,
mientras, simultáneamente, Sharon anuncie que el Estado de Palestina debe
convertirse en la patria del pueblo palestino.
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Este es el único sentido común que sirve de punto de partida para reanudar las
negociaciones. El grupo Hamas y la Jihad Islámica no creen en la solución de
dos Estados. De hecho, según la plataforma oficial de Hamas, los judíos son
una
plaga y no una nación. Para esos grupos fundamentalistas, una guerra sin
cuartel contra los judíos incluye atentados perpetrados en vehículos de
transporte escolar, jardines de infantes y sinagogas.
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La nación israelí debe limitarse a combatir sólo a quienes la atacan. Sólo
aquellos que portan armas o fabrican bombas son blancos legítimos. Incluso en
medio de una guerra sin cuartel, es tan erróneo como estúpido tratar de matar
a
ideólogos, a agitadores, a clérigos y a políticos. Y aun cuando todos esos
agitadores y partidarios de la jihad puedan desaparecer, es improbable que sean
reemplazados por la Madre Teresa.