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LA
VANGUARDIA - 01/12/2002
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OPINIÓN
> VERSIÓN PARA IMPRIMIR
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Así están las cosas
ABRAHAM B. YEHOSHUA
Esta
es la situación: el terrorismo no cesa y es imposible acabar con él.
Aunque saliésemos de Jenín y entráramos en Kalkiria, aunque regresásemos
a Hebrón e impusiéramos el toque de queda en Tulkarem, aunque nos deslizásemos
por las galerías subterráneas de la casbah de Nablús o aliviáramos a
la población en Belén, e incluso aunque acabásemos con más activistas
armados o detuviéramos a más terroristas, no conseguiríamos vencer el
terrorismo. Y no por la falta de medios militares radicales en el lado
israelí, ni porque el terrorismo palestino sea especialmente sofisticado.
Pueblos muchísimo más violentos y crueles que nosotros fueron incapaces
de acabar con el terrorismo si éste procede de un pueblo ocupado que
carece de derechos. Por tanto, más grave será en nuestro caso cuando el
número de personas bajo ocupación y sin derechos constituye
aproximadamente dos tercios de la población de los ocupantes con derechos
garantizados, y cuando la circulación sanguínea de cada pueblo se
entrecruza a causa de los asentamientos de colonos. Si la situación sigue
así, dentro de poco todo el pueblo palestino será considerado
sospechoso.
Si los datos demográficos, geográficos y militares del conflicto entre
israelíes y palestinos formaran parte de un ejercicio de logística, en
el que las academias militares de todo el mundo y cientos de altos
oficiales del Ejército tuvieran que responder a la cuestión de si es
posible que se cumpla el deseo del jefe de las fuerzas armadas israelíes
de introducir en la conciencia palestina el rechazo al terrorismo solo por
la vía militar y sin acuerdo ni separación entre ambos pueblos, está
claro que la respuesta de todos los expertos militares del mundo sería:
no y no.
Entretanto, la economía va perdiendo fuerza lentamente y el nivel de vida
se resiente. Las infraestructuras y la sociedad de Israel y sobre todo de
los palestinos -que irremediablemente siempre serán nuestros vecinos- se
van deteriorando hasta el punto de poner en peligro el futuro de ambos
pueblos. En un futuro no muy lejano tendremos que vivir al lado de una
población dominada por mafias. La desigualdad social, que ya creció en
la época de paz, se agudiza aun más en tiempos de guerra. Se van
perdiendo logros sociales y entre los amigos de fuera de Israel se
empiezan a oír comentarios de desesperación, comentarios preocupantes en
lo que respecta a la capacidad de los judíos de mantener un Estado que
encuentre un modus vivendi dentro del mundo.
La historia anárquica de los judíos, que durante tanto tiempo han vivido
en la diáspora sin ningún gobierno judío que los obligue e imponga unas
normas (siempre se han gobernado a través de acuerdos y convenios
libres), vuelve a acecharnos en el umbral, asciende y se implanta en las
colinas de Samaria y Judea y se desliza por otros caminos hasta traspasar
las fronteras de la línea verde. El eterno dicho de "No hay Israel
sin Torá" vuelve a oírse en boca de aquellos para los que el
sionismo es tan sólo un vehículo sobre el que pueda viajar, llena de
esplendor, la Torá. Ésa es, por lo menos, su interpretación del dicho.
Mientras tanto, en el bloque pacifista son muchos los que manifiestan una
profunda pasividad que se justifica con el deseo de cumplir unas visiones
mesiánicas, que si bien son razonables y justas, son por otro lado
irrealizables a corto plazo. Sin duda, todo el mundo sabe cuál es la única
solución posible -eso dicen todos los leones adormilados del bloque
pacifista-: volver a las fronteras del 67, la partición de Jerusalén y
dos estados para dos pueblos. Pero para eso sólo hace falta esperar a que
se muera Arafat y a que se marche Sharon o por lo menos a que venga el
enviado norteamericano a dar la orden.
Llevamos ya treinta y cinco años esperando a ese enviado. Cada año viene
uno nuevo, con un traje diferente y con un estilo un poco distinto. Muchas
veces da la impresión de que ni siquiera ese enviado norteamericano
entiende el documento que trae, y cuando por fin lo tiene claro y expresa
su propuesta, actúa la excelente pericia de palestinos e israelíes para
hacer fracasar el plan americano y todo, además, con tal tacto y
delicadeza que ni siquiera el enviado en cuestión se siente fracasado,
hasta que vuelve a Estados Unidos y le sustituyen por otro.
¿Qué se puede hacer? Todo depende solamente de nosotros y de nuestras
fuerzas. Hay que actuar pero sin tener pájaros en la cabeza. Lo que hay
que hacer es establecer una separación parcial y unilateral, eliminar
todos los asentamientos aislados y dispersos y todos los puestos de
control militares de más, aprobar a través de un plebiscito el regreso a
Israel de 60.000 colonos (parte de ellos ya lo harían ahora si recibiesen
indemnizaciones), levantar una frontera de verdad que sirva como defensa y
que tenga sus pasos oficiales para entrar y salir. Esa frontera abarcaría
un territorio cuyo 85% sería el establecido por la línea verde y el otro
15% sería entretanto Jerusalén y los asentamientos de Etzion y Ariel.
Por otro lado, hay que evacuar todos los asentamientos de Gaza y del valle
del Jordán, pero mantener el control sobre los pasos fronterizos entre
los territorios palestinos y Jordania y Egipto. En resumidas cuentas,
modificar la estrategia de la actuación militar con los palestinos y
cambiar las relaciones con su población. Se trata, en definitiva, de que
ya no haya un ejército desesperado y confuso que corra entre puestos
militares ilegales y tenga que actuar en la casbah de las ciudades
palestinas y entrar por sorpresa e inútilmente en los campos de
refugiados. Lo importante es volver a ser un país que se mantenga con un
ejército fuerte ante una entidad de la que lo separe una frontera
precisa, una frontera necesaria tanto para los israelíes como para los
palestinos en tiempos de paz, cuanto más ahora en tiempos de guerra. Todo
lo dicho anteriormente es sabido y es algo que han expresado los mejores
especialistas militares de Israel.
¿Quién puede llevar esto a cabo? En primer lugar, el Partido Laborista,
y tras él también los del partido Meretz, una vez que estos últimos se
hayan concienciado de que la visión de una paz justa, que logre que cada
pueblo tenga su Estado volviendo a las fronteras de 1967 (incluida la
partición de la ciudad de Jerusalén), es irrealizable a corto plazo, ya
que no lo aceptarían ni la opinión pública israelí ni la actual cúpula
dirigente palestina.
Crear un nuevo partido socialdemocrático que reemplace al Partido
Laborista puede ser una buena iniciativa, adecuada tal vez para países
como Hungría, Noruega o incluso Francia, pero si alguien quiere ayudar a
Israel -que se encuentra ahora bañado en sangre-, ha de saber que no hay
tiempo para dedicarse en estos momentos a materializar una iniciativa que
se plantea a largo plazo. Ya hemos visto lo que les ha pasado a partidos
nuevos que surgieron a bombo y platillo y que a los pocos años han
desaparecido llenos de vergüenza, hasta el punto de que sus diputados no
han querido esperar al fin de la legislatura y han dimitido. En estos
tiempos tan difíciles no queda más alternativa que servirse del Partido
Laborista, pues a pesar de sus muchos defectos todavía es capaz de que
verdaderamente obtengamos unos resultados claros.
El Partido Laborista está empezando a despertar del doble desastre político
que sufrió hace unos dos años; el primer desastre fue que los palestinos
destruyeran el proceso de paz con una brutalidad enloquecida, y el segundo
desastre fueron las ilusiones políticas de Ehud Barak y su consiguiente
dimisión. Haberse ido de un gobierno de unidad nacional para que se
celebren unas elecciones generales es un claro signo positivo que muestra
que el partido está dispuesto a constituir una nueva propuesta que desafíe
de verdad al gobierno de la derecha en el asunto del conflicto con los
palestinos. El candidato laborista, Amram Mitzna, y su equipo consideran
que es posible separarse unilateralmente de los palestinos y colaborarán
con todo aquel, sea o no del partido, que esté de acuerdo con ello. No es
ahora momento de pedir cuentas históricas ni de entablar discusiones irónicas
propias de intelectuales. Es el momento de que haya una verdadera lucha
política por ganarse la opinión pública israelí, que en su gran mayoría
apoya la separación unilateral de los territorios palestinos y la
eliminación de todos los asentamientos dispersos aquí y allá. El
objetivo está claro y es posible alcanzarlo. Lograr alcanzarlo no depende
de la voluntad engañosa de los palestinos ni de los resultados de las
elecciones internas en Estados Unidos. Depende solamente de nosotros.
ABRAHAM
B. YEHOSHUA, escritor israelí e inspirador del movimiento Paz Ahora
Traducción: Sonia de Pedro
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