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Nos
encontramos en un auténtico callejón sin salida que puede
llevarnos a una guerra total. La voluntad y el deseo de llegar
a un acuerdo de paz se han tambaleado tanto en el pueblo
israelí como en el palestino. Existe, además, el riesgo de
entrar en conflicto con los países árabes, sobre todo con
Siria y Líbano, y el temor a una posible guerra nuclear y
biológica contra Israel. En definitiva, el futuro parece más
negro que nunca.Pero esta situación se podría resolver a
través de una intervención exterior, eficaz y moral, y sólo
hay un hombre que podría hacerlo: ése es Bill Clinton.
No
hay otro líder político en el mundo que conozca el problema
israelopalestino como él; este hombre participó en las
negociaciones entre Arafat y los cuatro líderes de Israel
durante la última década: Rabin, Peres, Netanyahu y Barak.
Conoce perfectamente todos y cada uno de los detalles, todos
los mapas. En su cabeza están todos los acuerdos y las
reparticiones de territorios. Ningún otro hombre en el mundo
tiene la autoridad y la información necesarias para decidir
en esta cuestión -sólo el dirigente de la máxima potencia
mundial-.
Desde
el punto de vista político, Clinton ya no depende ahora de la
opinión pública americana, de los debates del Congreso y del
Senado, ni del lobby judío o árabe. Además, en
muchas ocasiones ha manifestado su compromiso moral y su deseo
de ayudar a que ambas partes lleguen a un acuerdo. Se
encuentra en una posición ideal, pues durante los dos meses y
medio que le quedan para abandonar la Casa Blanca será un
presidente libre de presiones.
A
partir de las noticias que la prensa publicó acerca de la
conferencia de Camp David se desprende que los israelíes y
los palestinos alcanzaron acuerdos -ya fueran verbales o
borradores- sobre la mayoría de los puntos en conflicto, y sólo
unas pocas cuestiones, principalmente las relacionadas con
Jerusalén y los lugares santos, quedaron sin resolver. Y esto
ha sido lo que, ahora, ha llevado al derramamiento de sangre
en la zona.
Bill
Clinton podría formular la solución que le parezca más
conveniente y justa, y presentar una propuesta (acompañada de
mapas) sobre una segunda partición de la parte occidental de
Oriente Medio entre el Estado de Israel y el Estado palestino,
además de unos acuerdos relativos a la seguridad de la zona;
éstos deberían suponer la ausencia de armamento pesado en el
Estado palestino y la existencia de bases militares israelíes
en el valle del Jordán, para evitar el paso de otro ejército,
cuestiones sobre las que, aparentemente, ya se habían puesto
de acuerdo las dos partes.
Tal
propuesta la podría presentar antes de las elecciones a la
presidencia como un compromiso, y no hay duda de que, al ser
propuesta por un país que durante muchos años ha servido de
mediador entre árabes e israelíes, sería aceptada por la
mayor parte de la comunidad internacional.
Me
parece que, a estas alturas, está claro que el pueblo israelí
y el pueblo palestino son incapaces de dar el último paso y
seguirán destruyéndose entre sí sin esperanza de acuerdo.
La
solución está ahora en manos de un hombre que ha invertido
en la paz de la zona gran parte de su tiempo y esfuerzo. Debería
actuar en nombre de la confianza que ambos pueblos han
depositado en él en los últimos años. Está de más hablar
del apoyo y ayuda que Clinton ha brindado a Israel, pero también
ha practicado con los palestinos una política solidaria y
sensata: fue el primer presidente norteamericano al que se le
invitó a hablar en el Comité de la Autoridad Palestina en
Gaza, y durante su gobierno los palestinos han recibido una
ayuda económica importante. La libertad política con la que
podrá actuar en los próximos meses le hace ser la persona
ideal para salvar el proceso de paz.
Hasta
ahora, EE UU ha tratado de no ejercer mucha presión sobre
Israel, a pesar de arriesgarse a perder por ello intereses en
Oriente Medio. En cualquier caso, ha llegado el momento de que
el presidente saliente de EE UU haga lo que le pide la
historia y ocupe así un lugar de honor en ella.
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