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Dafna: la muerte de una pacifista
ABRAHAM
B. YEHOSHUA
El
terrorismo cruel que deambula por nuestras calles y plazas desde hace casi
dos años nos ha visitado también a nosotros personalmente. En el
atentado que tuvo lugar el miércoles 31 de julio en una cafetería de la
Universidad Hebrea de Jerusalén una vieja y querida amiga nuestra resultó
herida mortalmente en la cabeza. Se llamaba Dafna Agmon-Shfrok. Tras diez
días en coma en el hospital Hadasa de Jerusalén, murió.
Los kamikazes palestinos generalmente atentan en mercados al aire libre,
en autobuses públicos, en restaurantes concurridos, de manera que son las
clases populares las que suelen pagar, como siempre ocurre en épocas de
guerras o de catástrofes naturales, un precio más alto que las clases
sociales mejor posicionadas. En este caso, el terror atacó el corazón
mismo de la Universidad Hebrea y no fue un terrorista suicida quien cometió
el atentado sino un palestino de una de las aldeas de Jerusalén este,
pintor de profesión, que trabajaba en la universidad y tenía autorización
para entrar en zonas reservadas. Este palestino dejó en la cafetería el
paquete bomba que le había dado un palestino de Ramallah, puso encima un
periódico, salió de la cafetería y tras haber caminado unos cientos de
metros activó los explosivos a través de su teléfono móvil. Para que
no sospechasen de él, fue al día siguiente a trabajar y se dedicó a
limpiar y a reparar el mismo lugar que él había destruido. Dos semanas
después fue detenido por los servicios de seguridad. Pudimos ver su
fotografía en los periódicos: a su lado, su esposa, una hermosa mujer, y
sus tres hijos. Y cuando apareció en televisión en el tribunal parecía
un hombre agradable y tranquilo.
Nuestra amiga Dafna era vicerrectora de alumnos en la universidad más
antigua de Israel. Al mediodía solía ir a la cafetería a comer con sus
compañeras de trabajo. Ella y dos de sus colegas murieron en el atentado,
además de seis estudiantes, la mayoría no israelíes ni judíos sino de
fuera que habían venido a hacer algún curso de verano. En total, 9
muertos y unos 30 heridos. Teniendo en cuenta el número de fallecidos en
los atentados de los dos últimos años, este no es de los peores. Pero en
este atentado murió una amiga muy querida y me siento en la obligación
de rendirle el último honor a esta mujer, más allá de poner su nombre
en la lista de muertos del periódico. En el prestigioso diario israelí
"Ha-aretz" hay un periodista llamado Guidon Levi, encargado de
contar las historias humanas del otro lado. Recoge historias de palestinos
-hombres, mujeres y niños- inocentes que han muerto por error o
intencionadamente a manos de las fuerzas de seguridad israelíes o de
colonos. De esa forma pone cara y da realidad humana a nuestros enemigos y
vecinos. Esto es muy importante, ya que así reduce el grado de demonización
de los palestinos y evita que nos hagamos indiferentes a su dolor. Eso
mismo es lo que yo quiero hacer ahora con mi amiga Dafna. Quiero que los
lectores de "La Vanguardia", acostumbrados a leer mis análisis
sobre los acontecimientos y a veces mis propuestas de acción, conozcan
siquiera un poco el origen de nuestro dolor y sufrimiento, ahora si cabe
mayores al tocarnos personalmente.
Dafna y mi mujer nacieron el mismo día en el mes de noviembre de 1940. Se
conocieron el primer día de su servicio militar, en 1958. Enseguida
entablaron una sólida amistad. Las dos estaban en la sección de psicología
del Ejército y se ocupaban de hacer las pruebas y entrevistas a los que
se enrolaban para decidir a qué unidad convenía asignarlos. Al final de
su servicio militar, siendo aún muy jóvenes -con menos de 20 años-,
ambas se casaron. Mi mujer con su primer y de momento último marido, y
Dafna con su primer marido, del que se divorció varios años después.
Luego se casó de nuevo con el que era su actual esposo, Johanan.
Su segundo marido fue el que creó el sistema informático de catalogación
y clasificación para las bibliotecas universitarias, llamado Elef. Este
sistema fue adoptado primero en las universidades israelíes y después en
la mayoría de las universidades del mundo. Incluso hace poco la
biblioteca de la Universidad de Harvard en Boston compró el sistema diseñado
por Johanan.
Dafna y mi mujer estudiaron Psicología en la Universidad Hebrea de
Jerusalén. Con el tiempo, Dafna se interesó más por un ámbito más técnico
y acabó siendo la responsable del tratamiento informático del
vicerrectorado de alumnos de la Universidad Hebrea. Durante todos esos años
mantuvimos nuestra amistad. Tras su divorcio, vivimos con ella en París
durante un año en su piso de estudiante. Fue ella quien nos enseñó los
placeres de los cafés parisienses. Tras casarse con Johanan tuvo tres
hijos: Asia, Adam y Ana. De ellos tomé los nombres de los personajes de
mi primera novela, "El amante".
Su marido, Johanan, procede de una antigua familia de tradición comunista
del norte del Israel: comunistas activos, miembros del partido, que
durante toda su vida han trabajado por entablar relaciones de amistad
entre árabes y judíos. Sus ideas son muy parecidas a las de sus padres,
aunque él, a diferencia de ellos, no es un admirador de la antigua Unión
Soviética. Dafna, que ya de joven era muy radical, encontró en su marido
un compañero ideal. Ella se volvió una pacifista tremendamente activa.
Cuando nos veíamos, discutíamos muchas veces. Y yo, considerado por
muchos en Israel como una "paloma indiscutible" y un
izquierdista declarado, me veía en muchas ocasiones metido en discusiones
acaloradas. Ellos defendían la retirada incondicional de los territorios
ocupados en el 67. Todo con el fin de acabar cuanto antes con una ocupación
que estaba envenenando a ambos pueblos.
Hace unos diez años que se formó el grupo de las Mujeres de Negro.
Mujeres pacifistas que se organizaron para protestar contra la ocupación.
Todos los viernes al mediodía, vestidas de negro, se manifestaban en una
de las plazas principales de Jerusalén portando pancartas de protesta. En
Israel había otros grupos de mujeres que hacían lo mismo. No tiene nada
que ver participar en una manifestación multitudinaria donde uno se
siente protegido por la multitud que le rodea que integrar una manifestación
fija, semanal, donde unas pocas mujeres valientes permanecen durante horas
en una plaza céntrica, con carteles en las manos, protestando no sólo
contra la política del Gobierno, sino también contra el comportamiento
moderado del bloque pacifista y contra la ocupación de los territorios
del enemigo palestino, el cual tampoco las ayudaba con su conducta hostil
y los crueles atentados de los terroristas palestinos. Se autodenominan
Las Mujeres de Negro y siguen el modelo de las Madres de la Plaza de Mayo
de Buenos Aires, que protestaban contra la desaparición de sus hijos en
los años 70 durante la dictadura militar argentina.
En Israel las Mujeres de Negro están expuestas a la burla y a la
provocación de los viandantes, a la ira de los militantes de la derecha
que suelen ponerse delante de ellas para insultarlas e incluso en
ocasiones llegan a escupirles. En invierno, con viento y con lluvia; en
verano, con el calor sofocante, cada semana, cada viernes, unas mujeres
valientes llevan sobre sus hombros la conciencia y la protesta por la
ocupación. Dafna era una de esas mujeres, constantemente presente. Para
ello, una persona ha de tener en su interior no sólo una razón ideológica
sino también una tremenda fuerza emocional y moral. Dafna contribuyó
personalmente semana a semana a la conciliación de israelíes y
palestinos.
Lo trágico es que ni siquiera puedes decirle a ese terrorista palestino:
"¿Has visto lo que has hecho? ¿Te das cuenta de a quién has
asesinado?". Los padres de Dafna aún viven. Son unos ancianos de más
de 90 años. Su madre padece Alzheimer y no sabe que su hija ha muerto,
aunque siente en su semiinconsciencia que algo malo ha ocurrido. Su padre,
que fue uno de los expertos internacionales que trabajó en la modernización
agrícola en África, escribió una esquela en el periódico donde decía:
"Nuestra querida Dafna, que luchó toda su vida por la paz y la
justicia, murió asesinada por unos malvados". Pero el marido de
Dafna borró el final. Eso es lo curioso en esta terrible guerra, que no
puedes permitirte ni siquiera odiar de verdad a tu enemigo, porque tú
también entiendes y a veces te identificas con el dolor que lleva a un
individuo a cometer un acto tan cruel.
Hace poco mi mujer telefoneó a Johanan para preguntarle cómo estaba.
Dijo que sus hijos le están apoyando muchísimo. Después le dijo a mi
esposa que tiene quejas de mí porque soy demasiado pasivo en cuestiones
políticas y no creo lo bastante en que pronto se alcance un acuerdo de
paz. Sin duda, he aquí la gran fuerza de un luchador por la paz, tal vez
ingenuo pero muy convencido. Hace tan sólo unas semanas que enterró a su
esposa, asesinada por un terrorista palestino, y todavía cree en la paz.
No desespera. Sigue siendo fiel a su mujer, Dafna, que en paz descanse.
ABRAHAM
B. YEHOSHUA, escritor israelí e inspirador del movimiento Paz Ahora
Traducción: Sonia de Pedro
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