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Necesidad
de entenderse
ABRAHAM
B. YEHOSHUA
En
otoño del año 2000 el Gobierno de Israel y representantes de la
Autoridad Nacional Palestina entablaron conversaciones para acabar con un
conflicto que dura ya más de un siglo. En esas negociaciones tuvo un
papel activo el entonces presidente de Estados Unidos, que en nombre de la
comunidad internacional ofreció garantías, además de una considerable
ayuda económica, para llevar a cabo el plan de paz. Según todas las
fuentes documentadas, Israel propuso una amplia devolución de territorios
y el borrador de Bill Clinton añadió aún más territorios y aumentó el
apoyo económico a los palestinos. Todo indicaba que el conflicto iba a
solucionarse en breve. De hecho, en las conversaciones de Taba el acuerdo
estuvo realmente a punto de producirse.
De repente, los palestinos perdieron los estribos y por propia iniciativa
y con firmeza emprendieron una oleada de violencia. Todos los esfuerzos de
la comunidad internacional para detenerla, a pesar de que se ofrecían
garantías de que se establecería un Estado palestino, han sido en vano.
Mientras continúa la violencia suicida, una nueva ola de antisemitismo se
extiende por el mundo árabe y musulmán y en parte del mundo occidental.
Cuando se les pregunta a los palestinos el porqué de sus actos, resulta
que no hay ninguna razón lógica. Sólo vuelven a quejarse de las
injusticias que se han cometido y se cometen contra ellos y parece que
fuesen presa de un ataque de locura imparable.
El estallido irracional de tal odio suicida justo cuando estaba a punto de
producirse un acuerdo exige una explicación. Hay otros ejemplos en la
historia de los judíos. Uno de ellos -con todas las salvedades- es el de
la Alemania de los años 20. Tras la Primera Guerra Mundial, Alemania se
convierte en una democracia por primera vez en su historia. Los judíos
empiezan a integrarse en todos los ámbitos, sobre todo económicos y
culturales. Hubo una edad de oro de la cultura judeoalemana. Pero pocos años
después estalla una ola de antisemitismo, tanto en las esferas
gubernamentales como entre el pueblo, que se extiende no sólo por
Alemania sino por muchas partes de Europa. Y empieza el exterminio. No hay
una explicación racional a esto. Los judíos no poseían ningún
territorio que quisiesen los alemanes, sus bienes eran insignificantes
comparados con los medios invertidos en su exterminio y, además, se podrían
haber adueñado de sus bienes sin necesidad de exterminarlos. Los judíos
no tienen una ideología en común y no son proselitistas. Y, con todo,
Hitler decidió exterminarlos e incluso el día anterior a su suicidio, en
un Berlín arrasado, Hitler seguía creyendo que no eran los rusos ni los
americanos ni los ingleses los que le habían vencido sino precisamente
los judíos, a los que había aniquilado con una crueldad sin parangón.
Encontrar una razón a este rechazo y odio es algo que también hizo el
sionismo. En su origen, trató de encontrar una explicación racional a
este odio. No deja de ser simbólico que el término
"antisemitismo" lo fijara por primera vez Wilhem Marr en el
siglo XIX, a principios de los años 80, es decir, tan sólo unos años
antes del surgimiento del sionismo con Herzl.
Antes del holocausto, ya fueron muchos los pensadores dentro del sionismo,
como Pinsker, Herzl, Bórojov, Sirkin o Bréner, que intentaron encontrar
las causas de este odio. En sus escritos, se hacía un riguroso autoanálisis
que daba paso a una fuerte autocrítica, en ocasiones mayor que la de los
no judíos. De hecho, en su época, estos padres del sionismo fueron
acusados de "antijudíos".
La relación del judío con su entorno, la constatación de la amenaza que
suponen los escurridizos límites de la identidad judía -que integra el
concepto de religión y de pueblo sin territorio propio- le permiten al
judío introducirse en el entramado de su entorno no judío a la vez que
mantener lo esencial de su identidad. Además, existe la imagen del judío
como alguien débil y vulnerable, por un lado, pero poseedor, por otro
lado, de una fuerza misteriosa debido a su capacidad de supervivencia y
unos vínculos que trascienden las fronteras (véase lo que se dice en
"Los protocolos de los sabios de Sión"). Con estos hechos no se
intentó justificar el antisemitismo ni impedir que el judío luchase
contra él, pero sí ayudó a que el judío tomase conciencia de los
problemas de sus relaciones con su entorno. De todo ello surgió la
consecuencia simple y lógica del sionismo, que pedía la creación de una
realidad judía y soberana alejada de la problemática que suponía vivir
sin fronteras dentro de un entorno no judío.
Es curioso que el sector religioso y ultraordodoxo se negase a enfrentar
la cuestión del antisemitismo. "Esaú odia a Jacob", ésa era
la frase que hacía que el odio al judío no pudiera explicarse de forma
racional, pero además implicaba que no había más remedio que aceptar
una dosis razonable de odio con el que necesariamente había que vivir.
Además, esta postura eximía al judío de cualquier responsabilidad sobre
su destino, ya que todo está en manos de Dios.
Cuando tratamos de entender por qué de repente se rompe la posibilidad de
paz con los palestinos, debemos analizar los códigos históricos y
culturales de los palestinos teniendo en cuenta su problemática identidad
nacional, que oscila entre la pertenencia a la rica y gran nación árabe
y su existencia como un pueblo pequeño que nunca ha disfrutado de un
momento de independencia y cuya identidad se ha ido consolidando a partir
de su lucha contra los judíos y, por tanto, la continuación de esa lucha
quizá sea una de las fuentes vitales para mantener su propia identidad.
No obstante, debemos ver de qué forma nosotros -un pueblo antiguo con una
historia difícil y con problemas desde la Antigüedad- hemos aceptado
esos códigos, qué hemos estimulado consciente o inconscientemente.
Entender esto no exime a los terroristas de su culpa ni es una forma de
que nosotros compartamos la responsabilidad de los atentados, pero se
trata de una obligación moral hacia nosotros mismos.
¿Cuál es la raíz del problema en mi opinión? Si tuviera que definir el
sionismo con una sola palabra, diría: "Fronteras". Y si pudiera
añadir otra, diría: "Soberanía". ¿Qué es soberanía?
Soberanía no es sólo una bandera ondeando o tener un puesto de policía.
Soberanía es que todo aquel que se encuentra dentro de las fronteras de
un Estado es responsable de él y está bajo su control. Las fronteras son
como las puertas de una casa, que indican que todo lo que hay tras ellas
está bajo responsabilidad del dueño de la casa.
Eso es lo que significa el sionismo: tener soberanía en un territorio con
fronteras claras. Algo que resulta natural y lógico para cualquier
pueblo, fue para los judíos una novedad y supuso una revolución en su
identidad.
La esencia del judío es vivir sin fronteras, deambular por el mundo yendo
de hotel a hotel. El judío es capaz de cambiar de país y de idioma sin
perder su identidad judía -mitad pueblo, mitad religión-. Es una
identidad fundamentada principalmente en ceremonias y rituales y, por
ello, es fácil de mantener. El judío puede vivir su identidad a solas y
hacer mientras tanto lo que quiera. Muchas veces el judío descubre tarde
su identidad y otras veces no entiende en qué consiste. Muestra de ello
es la gran cantidad de congresos que ha habido y hay sobre la cuestión de
"¿quién o qué es un judío?". En la diáspora, el judío no
es gobernado por otro judío y puede interpretar su judaísmo como desee.
No tiene un rey judío o un gobierno judío que le rija. Tampoco tiene un
Papa que fije los dogmas y principios de su religión. El judío
interpreta los textos sagrados como cree conveniente y elige a su rabino
y, si éste no le gusta, lo cambia por otro.
Así pues, no era la dimensión del territorio lo que le importaba al
sionismo sino el establecimiento de unas fronteras que delimitasen una
patria donde el judío puede vivir de forma soberana. De esa manera el
sionismo quería solucionar la problemática situación del judío de la
diáspora.
Tras la guerra de los Seis Días, cuando era evidente que no podíamos
imponer nuestra soberanía sobre el territorio ocupado -sobre todo por la
cuestión demográfica, dado que era imposible anexionarse el territorio y
convertir en ciudadanos israelíes a todos los palestinos de los
territorios-, debíamos haber evitado ampliar nuestras fronteras con un
territorio donde no íbamos a poder establecer una plena soberanía israelí.
No es de extrañar que la guerra de los Seis Días fuese también llamada
"guerra judía", porque con ella resurgió el fantasma del judío
de antaño, el de la diáspora. Regresó el judío que atraviesa fronteras
y como en aquellas épocas en que se asentaba en cualquier lugar, en una
realidad que no le pertenecía, manteniendo su identidad judía en un
entorno no judío, así es como se produjo el fenómeno antisionista de
los asentamientos judíos dentro de una realidad nacional diferente.
Resulta así que en medio de una población palestina sin ciudadanía
alguna se plantaron islotes de asentamientos de judíos con ciudadanía
israelí y defendidos por un ejército judío. Y de nuevo, como en la diáspora,
volvimos a mezclarnos de forma tremendamente problemática con el
sentimiento nacional de otro pueblo, así que no es raro que el conflicto
con los palestinos se haya envenenado más que antes (cuando el conflicto
era solo territorial). En conclusión: los asentamientos de colonos han
agravado increíblemente el conflicto entre israelíes y palestinos.
Las consecuencias son claras. Quien altera la soberanía de otros en su
propia patria acaba también alterando su propia soberanía, ya que rompe
con lo más preciado en un Estado: las fronteras, y con algo más
importante aún: la capacidad de defenderse mediante unas fronteras. El
acuerdo de Oslo no fracasó por su objetivo esencial: el reconocimiento de
los derechos de los palestinos a tener su propio Estado. Eso es algo que
hoy día acepta incluso gran parte de la derecha israelí, incluido Ariel
Sharon. Oslo fracasó por dos motivos:
1. No se llegó a un acuerdo en los detalles del acuerdo. Israel no acordó
de antemano la dimensión del territorio que tenía que evacuar ni el
estatus que tendrían los palestinos en Jerusalén. Y los palestinos no
renunciaron de antemano al derecho de retorno de los refugiados ni
aceptaron el desarme absoluto del futuro Estado palestino. Los dos lados
habían entrado en el "pasillo de la paz" sin saber con
seguridad a dónde exactamente los llevaría.
2. El carácter terrorista y corrupto de Arafat y parte de su equipo. No
obstante, todos los intentos de los líderes palestinos moderados de ser
una alternativa a Arafat han sido en vano debido a los gobiernos de
Israel, por lo que a los palestinos no les ha quedado más opción que ver
en la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) a su verdadero
representante.
Si bien no somos responsables directos de la actual autodestrucción que
sufren los palestinos, tenemos que hacer todo lo que podamos por ayudarles
y ayudarnos a nosotros a salir de esta vorágine y sembrar en los
palestinos confianza y esperanza de que un día ellos verán cumplido su
derecho legítimo como pueblo: tener un Estado independiente.
Para nosotros, los palestinos no son como eran los vietnamitas para los
americanos, o los franceses para los argelinos o los afganos para los
rusos. En esos casos hubo guerras crueles, pero cuando se acabó la guerra
dejaron de tener contacto. En cambio, los palestinos serán nuestros
vecinos por siempre.
Pensamos en términos de culpabilidad o no culpabilidad como si estuviésemos
ante un tribunal enfrente del mundo entero. Pero las terribles condenas
que recibieron los alemanes tras el holocausto no le devolvieron la vida a
un solo judío. Tampoco las acusaciones y el enojo -justificados o no-
contra los palestinos resucitarán a ningún israelí. Toda víctima
(individual o colectiva) debe autoanalizarse, sobre todo en el caso del
pueblo judío, que ha sido casi una víctima eterna a lo largo de la
historia.
El poeta Haim Guri me dijo hace unos días que no hay día que no piense
en el holocausto. Le dije que yo también, pero no sólo por lamentarme
por lo que ocurrió sino también por ver en ello un desafío, un intento
de remover una piedra dentro de nuestra historia y entender cómo es que,
a pesar de las muchas señales que nos habían estado advirtiendo del
peligro, caímos en la catástrofe, cómo estuvimos evitando volver a
nuestra patria para salir de una convivencia complicada y compleja con los
pueblos donde vivíamos.
En definitiva, como ni nosotros ni los palestinos somos ahora capaces de
llegar a ese acuerdo por el que tanto luchamos en las conversaciones de
Camp David -donde se establecieron los límites de una frontera
definitiva-, es muy importante que establezcamos una frontera temporal que
incluya el desmantelamiento de parte de los asentamientos. Esa frontera
nos defenderá mejor de los kamikazes, acabará con el cerco y los puestos
de control y con el sufrimiento diario de la población palestina y evitará
el asesinato de los colonos y de los soldados que los protegen. En
definitiva, de esa forma los palestinos no verán ya al judío que
atraviesa fronteras sino al israelí con fronteras.
No soy tan ingenuo para pensar que así volverá la calma, sobre todo
cuando a este conflicto se han sumado elementos extremistas del mundo
musulmán, que no buscan el bien de los palestinos sino que los utilizan
en su propio beneficio. Pero por lo menos podremos apartarnos en parte de
los kamikazes palestinos y esperar hasta que vuelvan a sus cabales.
Ya se están percibiendo los primeros signos de ello y los brotes de
autocrítica que han surgido entre los palestinos nos dan esperanza.
ABRAHAM
B. YEHOSHUA, escritor israelí e inspirador del movimiento Paz Ahora
Traducción: Sonia de Pedro
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