|
Israel
y Palestina
Las seis últimas fronteras de la paz
Abraham
B. Yehoshua aporta las claves del proceso de paz entre palestinos e
israelíes. La única solución –dice– es la partición del
territorio entre los dos pueblos y la creación de dos estados
Texto
A.B. Yehoshua - 08:08 horas - 06/07/2003
Hay algo nuevo que se pueda decir sobre el conflicto entre israelíes
y palestinos? Creo que no ha habido en el mundo ningún otro conflicto
que haya acaparado mayor atención que éste. Ha sido analizado por
pensadores, escritores, periodistas y, por supuesto, no ha habido político
que no haya tratado de tender su mano para intentar realizar algún
pequeño acto de mediación. En el problema hay algo que atrae,
precisamente porque su solución, en un principio, es conocida por
todos; es como si estuviésemos a punto de poner las últimas piezas en
un rompecabezas y ver, por fin, la imagen completa.
Todos saben que la única solución es la partición del territorio
entre los dos pueblos y la creación de dos estados que vivan en buena
relación de vecindad. Además, esta solución es la que ya decidió la
comunidad internacional hace más de 55 años mediante un plan de paz
aprobado una y otra vez por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Pero resulta que el camino para llevarlo a la práctica sigue siendo
escurridizo y complejo, y las pocas piezas que faltan en el puzzle son
muy importantes. Pero siempre se pierde alguna o alguien la esconde
intencionadamente y el camino se llena de obstáculos. O bien unos y
otros se desvían de la senda. Y si en un momento se logra un avance,
enseguida le sigue un retroceso.
Por otro lado, los dos participantes resultan muy atractivos. Los judíos
siempre han despertado la imaginación del mundo. Rápida y
asombrosamente, han pasado de ser las víctimas débiles y sin recursos
que morían en los terribles campos de exterminio durante la Segunda
Guerra Mundial a ser soldados de un Estado propio equipados con
sofisticadísimas armas. También los palestinos han cambiado
sorprendentemente, y ya no son los testarudos y confundidos campesinos
de principios del conflicto, sino que entre sus filas se esconden
peligrosos y firmes kamikazes.
Voy a tratar de dar algunas pautas sobre este conflicto que vivo desde
que nací, en 1936. He sido soldado en sus guerras, y lo mismo han hecho
mis hijos. Y ahora todos, israelíes y palestinos, estamos tremendamente
cansados y cada vez nos miramos con más miedo y nos sentimos más
amenazados. Daré, pues, seis señales fundamentales que nos pueden
ayudar a movernos mejor en este mapa de caminos caótico y confuso que
está tan de actualidad. Quizá así podamos abrir alguna vía que nos
lleve al buen camino.
Palestinos e israelíes:
una experiencia única
Hay que volver a insistir en la enorme singularidad del regreso a Sión
durante el siglo pasado, en el hecho de que no se ha producido nada
igual en la historia de la humanidad: un pueblo que durante 2.000 años
estuvo disperso y exiliado de su tierra, con la que solo tenía una
relación platónica llena de añoranza y recuerdos, se despierta a
principios del siglo XX a raíz de un recrudecimiento del odio y el
rechazo hacia él y materializa sus añoranzas, y judíos de todos los
rincones del planeta vuelven a su patria, resucitan su antigua lengua y
logran establecer allí un Estado soberano.
Cuando insistimos en la peculiaridad de este fenómeno en la historia,
el problema de identidad y el esfuerzo intelectual y espiritual que
supuso para los que materializaron el sionismo, tal vez por otro lado no
recordemos lo suficiente que los palestinos que entonces vivían en la
vieja nueva patria pasaron también por una experiencia única, o más
bien por un trauma singular que no había sufrido hasta entonces ningún
otro pueblo en la historia de la humanidad.
No estoy diciendo con esto que este haya sido el trauma más duro que
haya vivido un pueblo. La historia de otros pueblos, entre ellos Israel,
nos ha mostrado cosas mucho peores. No obstante, sigue siendo importante
entender la peculiaridad del trauma de los palestinos del mismo modo que
entendemos la singularidad de los traumas por los que han pasado los judíos.
En primer lugar, no estamos hablando de un caso de colonialismo, como sí
han vivido muchos otros pueblos, aunque al principio los palestinos
intentaron interpretar así el sionismo. Tampoco estamos delante de un
caso de “apartheid” como el de Sudáfrica, ni frente al exterminio
de los nativos como hicieron los americanos y los australianos. Tampoco
es una disputa entre pueblos vecinos por un trozo de tierra.
Es un fenómeno único en la historia el que lleguen a un lugar personas
procedentes de un sinfín de países y hablando diversidad de lenguas,
vinculadas por pertenecer a un mismo pueblo o a una misma religión –o
por ambas cosas a la vez– y digan: “Perdón, vuestra tierra es en
realidad nuestra tierra; vuestra patria es la patria de la que nos
expulsaron, o, mejor dicho, de la que nos marchamos hace 2.000 años. No
hemos venido ni a someteros ni a explotaros, ni mucho menos a
exterminaros, sólo hemos regresado para cambiar la identidad de vuestra
tierra”.
Está claro que cualquier pueblo se habría defendido ante una invasión
como esa. Ninguno habría reaccionado diciendo: “Por favor, entrad,
nosotros entendemos las penalidades de vuestra vida en el exilio; por
tanto, venid y ocupad nuestro territorio, desecad pantanos, haced
florecer las tierras yermas para que llegado el momento podáis
establecer un Estado soberano al que se sumen millones de personas de
vuestro pueblo, y de esta manera cambiéis de forma radical el carácter
de nuestra tierra”.
Los palestinos no estuvieron solos en su lucha, ni se dedicaron desde el
principio a reclutar todas sus fuerzas y recursos para combatir a la
desesperada a los judíos, ni se resignaron a perder parte de su
territorio. El hecho de ser parte de una entidad nacional mayor: la gran
nación árabe, que rodea Palestina, los llevó a confiar siempre en sus
vecinos árabes y en que llegaría el día en que los salvarían y
derrotarían a los judíos. Eso impidió que a principios del siglo
pasado intentasen obtener recursos para detenerlos o, por el contrario,
llegasen a un acuerdo con ellos en vista de que no quedaba otra
alternativa.
En realidad, los palestinos no conocen los límites de su identidad: ¿acaso
son sólo palestinos o son ante todo árabes, parte de una gran nación
con infinitos recursos y capaz de derrotar a fin de cuentas a sus
enemigos? Por otra parte, tampoco los israelíes conocen claramente su
identidad: ¿son sólo israelíes o un sector de un mundo judío fuerte
y numeroso capaz de ayudarlos en su lucha? La difusa identidad de ambos
lados hace difícil llegar a un acuerdo y prolonga este conflicto que
puede acabar convirtiéndose en una peligrosa tragedia.
Entre el hogar y la patria: sobre
el derecho y la ley de retorno
En este amargo y prolongado conflicto, tanto israelíes como palestinos
–cada uno a su manera– distorsionan el concepto base que existe en
una verdadera nación: el concepto de patria. En el léxico de los judíos,
casi ni existe la palabra patria. Son contadas las veces que aparece en
la Biblia, y generalmente tiene el sentido de abandono de la patria. La
primera cosa que se le dice al primer judío es: “Vete de tu tierra,
de tu patria y de la casa de tu padre”.
Y eso fue efectivamente lo que hizo el patriarca y padre fundador
Abraham. Por tanto, dejar la patria es algo muy sencillo para un judío,
casi diría que es algo que está en su ADN, por eso no es de extrañar
que casi la mitad de los judíos abandonasen con tanta facilidad su
patria ya en la época del Segundo Templo y se dispersasen por todo el
mundo antiguo. Y después, tras la destrucción del Templo, siguieron
errando de país en país, como quien va de hotel en hotel.
Quizás por eso, los judíos no han valorado lo suficiente la sensación
de patria que sienten los palestinos. Por ejemplo, muchos se preguntan
por qué los refugiados palestinos no se instalan definitivamente en los
países árabes, donde conviven con personas de su pueblo y con los que
comparten idioma y religión. El desprecio por el sentido de patria que
tienen los judíos ha hecho que hayan planteado una serie de soluciones
que resultan inviables para los palestinos, ya que se les pide renunciar
a su patria o no tener todos los derechos fundamentales.
Por otra parte, los palestinos confunden el concepto de patria con el de
casa. Tras su derrota en la guerra del 48 –una guerra que emprendieron
los palestinos para anular el plan de partición aprobado por las
Naciones Unidas y eliminar a Israel–, cerca de medio millón de
palestinos huyeron de sus casas o fueron obligados a abandonarlas. Sin
embargo, no se consideraron a sí mismos desterrados, sino auténticos
refugiados, y por eso llevan 55 años viviendo en miserables campos de
refugiados, apoyados por asociaciones humanitarias y sin hacer nada por
salir de ahí, y todo esto a tan sólo 10 o 20 kilómetros de sus
antiguas casas. En lugar de asentarse en otras partes de Palestina, que
hasta la guerra de los Seis Días estaba en su poder, prefirieron vivir
como refugiados, inactivos, como si en vez de haber sido expulsados de
su casa hubiesen sido desterrados de su patria.
Una persona que vive en su país no es un refugiado. Un refugiado es
alguien que ha sido desterrado de su patria, adonde no puede regresar.
En cambio, los palestinos muchas veces consideran que el concepto de
patria es la casa donde vivieron su padre y su abuelo, y toda solución
al conflicto que no suponga poder volver físicamente a esa casa –que,
por supuesto, ahora ya no existe como tal y donde viven otras
personas– no les satisface.
Del mismo modo actúan los refugiados que viven fuera de Palestina, y
por eso no están dispuestos a aceptar un acuerdo que les permita
regresar a su tierra, quieren volver a la casa o a la aldea donde vivían
sus antepasados, un lugar que, en caso de existir, se encuentra ahora
dentro de las fronteras legales de Israel.
En esto consiste en esencia la cuestión del derecho de retorno: no en
recibir indemnizaciones (que serían muy grandes en caso de alcanzarse
un acuerdo), ni en vivir dentro del Estado soberano palestino que se
estableciese tras el acuerdo, sino en volver obligatoriamente a la casa
ya desaparecida u ocupada por nuevos moradores donde vivieron sus
ancestros, como si en esa casa radicase el concepto de patria.
Así pues, estamos ante dos concepciones totalmente opuestas de lo que
es la patria. Para los judíos no es algo importante, y los palestinos
la reducen tanto que se convierte físicamente en una casa. Y de esta
forma, la batalla nunca tendrá fin.
El dolor de los asentamientos
Para los palestinos, no ha habido herida más dolorosa que el
levantamiento de asentamientos judíos en los territorios ocupados tras
la guerra del 67. Se trata de una acción estúpida y perversa desde el
punto de vista político, militar, económico y, por supuesto, moral.
Sadat cuenta en sus memorias que cuando Israel empezó a construir a
principios de los 70 asentamientos en territorio egipcio, en el norte
del Sinaí, concluyó que con estas condiciones era imposible alcanzar
la paz y decidió estimular el proceso político con un fuerte golpe
militar contra Israel. Así se iniciaron los preparativos de la guerra
de Yom Kippur.
Y cuando en 1979 se firmó la paz con Egipto, Israel no tuvo más
remedio que cumplir la condición tajante y explícita de no dejar ni
una sola casa israelí en territorio egipcio. Y así fue: el mismo Ariel
Sharon desmanteló todos esos asentamientos, pero, en compensación, se
apresuró a levantar nuevos asentamientos en Cisjordania.
De la construcción de asentamientos en Gaza y Cisjordania han sido
responsables, en mayor o menor medida, y fruto de una ceguera colectiva,
todos los gobiernos de Israel: los de la derecha por multiplicar el
levantamiento de pequeños asentamientos dispersos en todo el territorio
palestino, y los laboristas, con la participación de partidos sionistas
de izquierda, por construir nada más terminar la guerra de los Seis Días
asentamientos a lo largo el valle del Jordán y junto a la línea
fronteriza del 67. Aunque la mayoría de los israelíes apoyaba hasta
hace unos años los asentamientos, esa misma mayoría se cuidaba
instintivamente de participar de forma activa en ellos. Por eso, a pesar
de que
a los futuros colonos se les ofrecían unas viviendas buenas y baratas
a una distancia relativamente corta de sus lugares de trabajo o del
centro de las ciudades, resulta que 36 años después de la guerra de
los
Seis Días los colonos apenas representan un 3% de la población judía
en Israel.
Por otro lado, el territorio sobre el que se establecen los
asentamientos, sin considerar los caminos, supone sólo cerca de un 2%
de total de los territorios palestinos ocupados en la guerra de los Seis
Días. De éstos, el 42% ya se devolvió a los palestinos gracias al
acuerdo de Oslo y actualmente constituye una parte del territorio
gestionado por la Autoridad Nacional Palestina.
Pero no es ni la cantidad de población ni la cantidad de territorio lo
que agrava el problema de los asentamientos de colonos, sino su dispersión
en todo el territorio palestino, cuya intención es clara: impedir de
antemano la posibilidad de crear un Estado palestino con continuidad
territorial. Por esa razón, al ver a lo largo de los últimos meses cómo
se han venido sucediendo las muertes de colonos atacados en los caminos
y carreteras, se podría sacar una importante moraleja: el que entorpece
la posibilidad de soberanía de otro acaba entorpeciendo su propia
soberanía.
Así que esos colonos que están en los asentamientos por motivos ideológicos
y que vinieron a negar a los palestinos la posibilidad de gozar de un
derecho humano elemental, el de ser ciudadanos en su propio país, se
encuentran ahora expuestos al terrorismo en las carreteras que los
llevan a casa, a tan sólo 20 o 30 kilómetros de Tel Aviv o Jerusalén,
donde podrían vivir más seguros y protegidos.
Porque, curiosamente, resulta ser que el Ejército israelí, pese a su
sofisticado y poderoso armamento, es incapaz de defenderlos precisamente
porque los asentamientos se hallan dispersos en pleno corazón de los
territorios palestinos. Por tanto, Israel no puede establecer una
frontera precisa que los defienda de los ataques palestinos.
Los franceses experimentaron lo mismo en Argelia. Francia se enredó en
una sangrienta, cruel y prolongada guerra debido al establecimiento de
población francesa en una colonia al otro lado del mar. Esa población
empezó a establecerse allí a mediados del siglo XIX y se convirtió en
una población consolidada e independiente económicamente. Sin embargo,
con la independencia de Argelia, los franceses se vieron obligados a
salir de allí y, con una adecuada indemnización, sin mayores
conflictos, regresaron a su patria, al otro lado del mar.
El regreso de los colonos judíos a Israel es más fácil y a la vez más
difícil. Es más fácil porque esta población recibe el apoyo del
Estado. En el momento en que éste deje de dotarles de recursos, los
colonos tendrán que replegarse. Además, es una población
relativamente joven que no lleva más de 25 años instalada. La mayoría
de los colonos trabaja en Israel y muchos de ellos todavía conservan su
casa allí. Por tanto, el traslado a Israel no supondrá para ellos
trauma alguno cuando se produzca: moverse como mucho unos 10 o 20 kilómetros,
pero ningún cambio en su modo de vida ni en su entorno. Si, además,
reciben una buena indemnización económica, el cambio no será en
absoluto traumático.
Sin embargo, el desmantelamiento de los asentamientos puede resultar
también más difícil debido a que entre los colonos hay muchos fanáticos
religiosos que, en realidad, no acatan la autoridad del Estado; además,
pueden recibir el apoyo desde dentro de Israel de correligionarios.
Israel parece ahora un drogadicto al que le cuesta desengancharse de la
droga.
Y aunque no creo que, después de vivir el holocausto, estalle una
verdadera guerra civil en Israel en la que ciudadanos judíos disparen a
soldados judíos, y viceversa, los enfrentamientos serán muy duros. En
esta cuestión es muy importante el papel que asuma la comunidad
internacional. Con mano fuerte y firme, el mundo tiene que ayudar a los
colonos a dejar la droga de los asentamientos.
Separación para que pueda
haber vecindad
En Argelia hubo un sangriento conflicto entre franceses y argelinos. Se
estima que murieron cerca de un millón de argelinos a manos de los
franceses. Cuando acabó la guerra y Argelia alcanzó la independencia,
los franceses se marcharon de allí y ahora el mar separa a unos de
otros. Lo mismo ocurrió en Vietnam: tras una terrible y cruenta guerra
los vietnamitas y los americanos ya no volvieron a encontrarse. De forma
similar terminó el conflicto entre los afganos y los rusos, e incluso
en la guerra de los Balcanes, la división de la antigua Yugoslavia en
dos
estados independientes fue definitiva y clara.
En Oriente Medio, los judíos y los palestinos siempre tendrán que ser
vecinos próximos. Y si miramos el mapa, se ve que incluso cuando se
cree el Estado palestino estará rodeando el Estado de Israel por dos
lados: por Cisjordania (Judea y Samaria) y por la franja de Gaza. La
actividad económica y turística seguirá dándose entre ambos estados
también después de que se establezca una frontera entre los dos. Ello
se debe a los palestinos que vienen a trabajar a Israel y a que hay una
minoría palestina importante dentro del propio Israel. Por eso, es tan
relevante que el reguero de sangre no sea tan grande para que no sea difícil
o imposible restablecer las relaciones entre ambos pueblos.
Lo fundamental ahora es precisamente establecer una frontera. Y dado que
aún no es posible crear una línea divisoria definitiva, ya que no se
han resuelto cuestiones como el estatus de Jerusalén o el regreso de
los refugiados, basta con dividir ambos pueblos de forma regulada. Es
decir, desmantelar todos los asentamientos dispersos en territorio
palestino, establecer una frontera con pasos regulados y vigilados para
evitar la infiltración de terroristas, algo que ahora resulta muy fácil
y que genera después fuertes acciones de castigo por parte de Israel.
Cuando los europeos del siglo XXI oyen hablar de levantar una frontera o
un muro que separe dos pueblos enseguida se oponen, ya que en la Europa
unida de ahora la idea de establecer una frontera suena anticuada y retrógrada,
y en ocasiones se asocia con lo que fue el muro de Berlín. Sin embargo,
es un error grave y peligroso pensar en Oriente Medio con los conceptos
de la Europa actual.
El pueblo palestino y el judío no son el mismo pueblo, a diferencia del
caso de los alemanes que la guerra fría y la bipolaridad separaron con
el famoso muro. Más bien es todo lo contrario: los palestinos y los judíos
son pueblos con una historia, una religión, una cultura y una lengua
totalmente diferentes.
Solamente los radicales de ambos lados, los colonos por el lado israelí
y los que se oponen a la existencia de Israel por el lado palestino,
rechazan que se establezca una frontera, ya que la ausencia de una
fronte-
ra les permite entrar con facilidad en el territorio del enemigo. Cuando
los radicales palestinos hablan de la frontera como si supusiese un acto
de “apartheid” y los colonos y la derecha israelí hablan de que la
frontera crearía un gueto, veo claramente el pacto oculto que hay entre
los extremistas de ambas partes y lo necesario que es crear una frontera
para que haya una buena vecindad en el futuro.
La amenaza oculta
La convivencia de los judíos con los europeos mostró en el siglo XX
auténticos abismos de odio y maldad que espantaron a toda la humanidad.
Los alemanes fueron sin duda los que planearon y promovieron el
holocausto, pero hubo otros pueblos que participaron con su acción o su
indiferencia en ese horror. Así que los árabes pueden decir: “No
somos los únicos en odiar al pueblo
judío. Mirad cómo los cristianos los odiaron tanto hasta el punto de
querer exterminarlos. ¿Quizás haya algo en estos judíos que atraiga
la desgracia que cae sobre ellos? Si no, ¿cómo es posible que aún no
se hayan repuesto del horror que sufrieron en el mundo cristiano y ya
estén enredados en un conflicto con los musulmanes?”
Las fuertes amenazas que se oyen en el mundo musulmán hacia Israel se
pueden materializar. También Hitler empezó sólo con palabras que
parecían dichas por un loco y al final se hicieron realidad. El
terrorismo con armas nucleares o biológicas no es ya una ilusión
creada por un director de Hollywood, sino una posibilidad totalmente
factible. Y no olvidemos que también Israel dispone de un armamento
peligroso. Por tanto, este conflicto no es uno más entre los que ahora
hay en el mundo debido al tipo de armas que se pueden utilizar, de ahí
la necesidad imperiosa de alcanzar un acuerdo.
El deber de la comunidad internacional
Desde el momento de su nacimiento, el sionismo buscó el apoyo
internacional. El fenómeno –único en la historia– por el cual el
pueblo judío volvió a su antigua patria no habría podido darse sin el
consenso de la comunidad internacional. Cuando se realizó la declaración
Balfour en 1917, vivían en Palestina tan sólo 50.000 judíos de entre
16 millones, pero ya entonces las naciones del mundo vieron que podía
producirse un conflicto debido a la situación anormal de los judíos en
la diáspora y optaron por apoyar su esfuerzo de conseguir tener un
Estado propio.
Pero este Estado no se estableció antes del holocausto a causa de la
oposición árabe, las reticencias judías y porque la comunidad
internacional tardó en comprenderse el problema judío. Sólo después
del holocausto y en plena guerra fría entendieron el bloque comunista y
la Europa occidental que era urgente solucionar el problema judío tras
la tremenda masacre, y que era necesario dividir Palestina en dos para
de esa forma permitir que los judíos disfrutasen de un derecho
elemental para cualquier pueblo: tener un Estado propio.
Sin embargo, la comunidad internacional que tomó esa decisión no hizo
nada para que se llevara a cabo. Y cuando después hubo guerras, ya sea
por parte de los árabes, cuando intentaron impedir que se cumpliese la
resolución de las Naciones Unidas, ya sea por parte de los israelíes,
cuando tras la guerra de los Seis Días obstaculizaron la creación de
un Estado palestino, la comunidad internacional se mostró pasiva y no
trató de imponer la mejor solución al conflicto.
Tras la guerra de los Seis Días, fue la antigua Unión Soviética la
que no hizo nada por arreglar el conflicto en Oriente Medio. En la última
década, la actual potencia mundial, Estados Unidos, muestra muy poco
interés por conseguir separar a israelíes y palestinos. Pero Estados
Unidos sí podría al menos ayudar a establecer una frontera, aunque
fuera temporal, entre los dos pueblos, que no se alejase mucho de la
frontera del 67. Esa es una obligación que no solo tiene Estados Unidos
sino también Europa: imponer auténticas sanciones a ambos lados para
que se inicie un proceso de separación y el establecimiento de una
frontera primera. Obligar en primer lugar a Israel a desmantelar la
mayoría de los asentamientos, que son como espinas en plena carne de
los palestinos, y en segundo lugar dejar de financiar a la Autoridad
Nacional Palestina mientras siga sin luchar de verdad contra el
terrorismo.
La “hoja de ruta” del presidente Bush no sólo compromete a las dos
partes en conflicto, sino también a Estados Unidos y Europa, para que
juntos tomen medidas firmes que logren imponer la solución adecuada al
conflicto. Ya es hora de declarar un secreto a voces: millones de israelíes
y millones de palestinos se alegrarían en el fondo de su corazón de
una imposición como esa.
A.
B. Yehoshua (Jerusalén, 1936) es uno de los intelectuales israelíes de
mayor prestigio dentro y fuera de su país y autor de numerosas obras
literarias traducidas a varios idiomas. Inspirador del movimiento Paz
Ahora, ha abogado por un gobierno israelí de reconciliación la
aproximación a los palestinos
Traducción: Sonia de Pedro
|