LA VANGUARDIA, 18/12/2003
Lo que hubo en Ginebra
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LOS PALESTINOS NO evitaron pedir cuentas a Israel y contar sus penalidades sin decir ninguna palabra en contra del cruento terrorismo |
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LO MÁS EMOCIONANTE fueron los encuentros de pasillo con los palestinos; fue increíble la rapidez con que se creó un ambiente de confianza |
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ABRAHAM B. YEHOSHÚA - 18/12/2003
La cita en Ginebra el 1 de diciembre con motivo de la firma de los acuerdos de
Ginebra entre ciudadanos israelíes y ciudadanos palestinos era realmente
necesaria para que esta iniciativa tuviera acogida internacional. En Oriente
Medio ha habido tantísimos planes de buenos propósitos, tantísimos enviados
han entrado y salido, se han escrito tantísimos documentos y se han firmado
tantísimas declaraciones que ahora se corre el peligro de que también este
importante acuerdo acabe perdido en una papelera. Por eso, con el propósito de
darle vitalidad y fuerza, fue necesario organizar un acontecimiento
internacional, con relevancia para los medios de comunicación y que recibiese
el apoyo de líderes internacionales.
Desde ese punto de vista, el encuentro en Ginebra ha cubierto más o menos esas
expectativas. Suiza es además un país neutral y no era por tanto sospechosa de
tener intereses ocultos en la cuestión. Ginebra es por excelencia la ciudad de
los organismos internacionales; y como de todas formas era inviable organizar el
encuentro en Israel o en Jordania, la ciudad suiza era sin duda la mejor
candidata. Además, los suizos fueron unos anfitriones generosos y muy prácticos;
sobre todo, unos buenos anfitriones por el hecho de no querer inmiscuirse
demasiado en el encuentro en sí.
El avión israelí, alquilado por el Gobierno suizo, estaba repleto de
generales, políticos, hombres de negocios y también por supuesto
representantes de la cultura y de los medios de comunicación. Y yo, que últimamente
estoy acostumbrado a estar sólo con familiares y amigos de confianza, me vi de
repente yendo durante veinticuatro horas seguidas en una especie de “excursión
del colegio” con todas las bromas y tensiones típicas. Y sobre todo hice algo
que no es nada habitual en mí: hacer un viaje largo, de nueve horas de vuelo
(ida y vuelta), para tan sólo estar allí presente, sentado en una butaca en
una gran sala y escuchando los discursos de otros.
Como era previsible, los discursos resultaron reiterativos, excepto uno, el del
antiguo presidente de Polonia, Lech Walesa. Habló en un polaco muy coloquial y
sin seguir ningún discurso escrito de antemano. Fruto de su excitación,
interrumpía en ocasiones al traductor, que apenas lograba seguirle. Y de pronto
vi de nuevo, detrás de ese antiguo y respetado presidente y premio Nobel de la
Paz, al electricista de los astilleros, especialmente cuando trató de darnos ánimos
diciéndonos lo siguiente: “Nosotros, los del movimiento Solidarnosk, teníamos
veintiún problemas a los que enfrentarnos y al final conseguimos superar cada
uno de ellos. Y en cambio ustedes sólo tienen diez problemas, así que, ¿por
qué nos los solucionan?”.
La verdad es que hasta ahora no sé cuáles eran esos veintiún problemas que
tenía el movimiento Solidarnosk y cuáles son exactamente esos únicos diez
problemas que tienen israelíes y palestinos. Pero si ellos lograron superarlos,
por qué no lo vamos a hacer nosotros. Lo cierto es que Lech Walesa, con su
lenguaje coloquial y directo, consiguió darnos esperanza.
Los palestinos también iban con la idea de hacer las paces y hablar de
esperanza, pero no pudieron evitar pedir cuentas a Israel y relatar de nuevo
todas las maldades que les han hecho los israelíes y contar las penalidades de
su día a día, sin decir en cambio ninguna palabra en contra del cruento
terrorismo palestino, que en los tres últimos años se ha llevado la vida de
casi mil israelíes, la mayoría civiles, y que en ocasiones ha matado a
familias enteras.
Para los palestinos, el conflicto en Oriente Medio empezó sólo en 1967, como
si antes, ya a principios del siglo XX, los palestinos y los países árabes no
se hubieran opuesto frontalmente al regreso de los judíos a su patria histórica
y no hubiesen luchado contra ellos todo el tiempo. Como si después de la guerra
de los Seis Días los palestinos no se hubiesen negado durante años a reconocer
el derecho legítimo de la existencia de Israel y no hubieran rehusado estrechar
la mano de los israelíes e incluso hablar con ellos. Mi buen amigo Amos Oz, que
estaba sentado a mi lado mientras escuchábamos los discursos, refunfuñaba todo
el rato: “Estoy dispuesto a devolverles todos los territorios ocupados en la
guerra de los Seis Días, pero no a que se olviden de nuestra trayectoria histórica,
de nuestro pasado”.
Por algún motivo, a mí me molestaba menos ese tono quejumbroso de los
palestinos, y eso por dos razones: la primera es que los representantes
palestinos tenían carácter oficial o semioficial: eran ministros en el actual
Gobierno palestino o personas vinculadas a Arafat, y aquellos que venían por su
cuenta no apartaron “la mirada” ni un momento de las posibles
consideraciones de los poderes institucionales. De ahí que esos palestinos debían
reflejar más el ambiente general que se vive en las calles de Palestina. En
cambio, los representantes israelíes que no iban en nombre de ningún organismo
oficial podían hablar con plena libertad y desde el corazón. Y la segunda razón
es más importante: a pesar de que moralmente hablando son responsables del
estallido de la “intifada” en septiembre del 2000, en los últimos años los
palestinos se hallan en una situación mucho más penosa que los israelíes. Es
tremendo su sufrimiento diario y además afecta a amplias capas de la población;
por tanto, no es de extrañar que ese estado de angustia irrumpa del corazón y
por ello tengan que hablar de algo más que de esperanza.
Por otro lado, si hubo algo emocionante e importante para mí en Ginebra y que
hizo que mereciera la pena hacer tan largo viaje y oír esos discursos tan
repetitivos fueron los encuentros de pasillo con los palestinos; fue increíble
la rapidez con que se creó un ambiente de confianza entre unos y otros a pesar
de tantos años de enfrentamiento. En seguida nos intercambiamos los teléfonos,
las direcciones, compartimos experiencias, como si, pese a todo, hubiera una
cercanía familiar oculta entre nosotros.
En los estudios que se han hecho últimamente en torno al fenómeno de rebrote
del antisemitismo se ha descubierto un hecho aparentemente sorprendente, pero
que para mí confirma una vez más mi análisis sobre “la raíz del
antisemitismo”, tema de un ensayo que publicaré próximamente. Este hecho se
refiere a que los palestinos muestran menos signos de antisemitismo activo y
fantasioso que el resto de los árabes. Es decir, ellos por supuesto odian a los
judíos pero nunca se les ocurriría decir tonterías absurdas del tipo de
Saramago: “En Ramala los judíos han establecido campos de concentración como
los de Auschwitz”, o del tipo de Teodorakis: “Los judíos son la raíz del
mal en el mundo”, esto tan sólo cincuenta años después del holocausto, o
del estilo del ex presidente de Malasia: “Los judíos dominan el mundo”. Y
es que los palestinos saben muy bien no sólo que no dominamos el mundo, sino
que ni siquiera somos capaces de dominarlos a ellos, aun siendo un pueblo pequeño
y débil. En las calles de Ramala, repletas de comercios y con una vida cultural
activa, saben muy bien que eso no es Auschwitz. Y ellos, que conocen de cerca el
fundamentalismo islámico asesino, no pueden decir que sólo los judíos son la
raíz del mal en el mundo. Por eso, precisamente ellos, los palestinos
moderados, pueden dar una lección a los antisemitas que los apoyan para que
aprendan que no es necesario utilizar todo tipo de iconos y argumentos
antisemitas para oponerse a la política actual del Gobierno de Israel.
En definitiva, el hecho de que a pesar de meses de horror en ambos lados se haya
dado ese ambiente de familiaridad e intimidad entre israelíes y palestinos, dos
pueblos encadenados entre sí como si fueran dos presos que están deseando
soltarse, pero que saben que siempre serán pueblos vecinos, ha supuesto para mí
un rayo de luz en medio del ambiente gris de la hermosa Suiza. Y una vez más
repito lo que ya vengo diciendo hasta la saciedad: “Europeos, ayudad a israelíes
y palestinos a salir del callejón sin salida en el que están estancados. No
esperéis a los norteamericanos. Si los europeos actuáis con firmeza, ellos os
seguirán, del mismo modo que el secretario de Estado norteamericano ha llamado
ya a los promotores de la iniciativa de Ginebra”.
ABRAHAM B. YEHOSHÚA, escritor israelí,
inspirador del movimiento Paz Ahora
Traducción: Sonia de Pedro