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La
legitimidad de Israel
ABRAHAM
B. YEHOSHÚA
No
puede uno dejar de sorprenderse de la cerrazón del Gobierno israelí al
impedir que el presidente de Israel aceptase la invitación de la
Autoridad Nacional Palestina a participar en una reunión especial en
Ramallah.
El presidente israelí, Katzav, tenía mucho interés en aceptar la
invitación y de hecho pensaba proponer a la Autoridad Palestina un alto
el fuego de un año, para que durante ese tiempo se reuniesen ambas partes
y dialogasen a fondo hasta alcanzar un acuerdo parcial o total.
¡Qué importante era que en esta época de odio y violencia el presidente
de Israel saliese de su residencia de Jerusalén y recorriese los pocos
kilómetros que separan Jerusalén de Ramallah! De esa forma podría haber
sido recibido con todos los honores y habría podido llamar a un alto el
fuego. Y aunque no hubiese salido nada de esa reunión, aunque al final no
se hubiera producido el alto el fuego tan deseado, esa invitación y ese
encuentro habrían tenido una enorme importancia. En cualquier caso, ya
estamos viendo en el terreno signos claros de que la Autoridad Nacional
Palestina es capaz de frenar a las organizaciones terroristas e impedir de
momento nuevos atentados.
El conflicto entre palestinos e israelíes no se parece a otros conflictos
que se dan entre dos pueblos. Sin duda hay conflictos mucho más graves y
violentos, pero el conflicto israelo-palestino es el más profundo y posee
una índole especial, ya que en su base está el hecho de que los árabes
en realidad no reconocen la legitimidad de los judíos para regresar a su
antigua tierra y establecer una entidad nacional aparte. Ahora y sin
remedio, parte del mundo árabe está dispuesto a reconocer la existencia
del Estado de Israel y llegar a un acuerdo de paz con él bajo
determinadas condiciones, pero todavía no están dispuestos a fundamentar
ese reconocimiento otorgándole legitimidad moral y sentimental al Estado
judío.
Esta falta de legitimidad influye en muchos aspectos, como por ejemplo en
el hecho de empecinarse en el derecho de retorno de los refugiados a
territorios dentro del Estado de Israel, considerando que la guerra de
1948 y la partición de la ONU son una injusticia y, por tanto, hay que
intentar reducir en la medida de lo posible los daños y las consecuencias
que esos acontecimientos trajeron.
Los árabes siempre tratan de negar los componentes nacionales que forman
parte de la identidad judía, una identidad en la que ellos sólo ven
aspectos religiosos. Además, ellos saben recoger de la realidad hechos
auténticos que pueden confirmar esa idea. Por eso, cuando se rompen las
negociaciones entre israelíes y palestinos y cuando vuelven de nuevo la
violencia y el derramamiento de sangre, surge nuevamente esa falta de
legitimidad por la que los árabes se niegan a aceptar a los judíos como
un pueblo con los mismos derechos que ellos, y eso sin duda agrava aún más
la situación.
¿Cómo se puede acabar con esa ilegitimidad sustancial que provoca una
desconfianza cada vez mayor por parte de los israelíes, una desconfianza
que los hace más inflexibles y que impide la posibilidad de llegar a un
verdadero acuerdo basado en la creencia auténtica de que de verdad se está
alcanzando la paz y de que no habrá marcha atrás? Con sólo argumentos lógicos
es difícil que los israelíes puedan luchar contra esa falta de
legitimidad, porque los árabes niegan la vigencia del derecho histórico
de los judíos a volver a su tierra tras un larguísimo exilio, pero además
la escurridiza y problemática identidad judía, donde convergen el
componente de pueblo y el componente de religión, produce una confusión
difícil de superar sólo con argumentos racionales.
Por tanto, tiene sentido esforzarse por hallar vías de encuentro entre
ambos pueblos y conseguir un acercamiento más íntimo y personal a través
de sus viejas tradiciones, su folklore y su religión. Los judíos
intentaron apaciguar los ánimos de los árabes y ganarse su legitimidad
prometiendo el desarrollo económico de la zona y la llegada de
innovaciones tecnológicas, pero esas no son las cosas que seducen a los
árabes, parte de los cuales son reacios a un avance tecnológico que
puede acabar con antiguas tradiciones. Ellos quieren saber quién es el
que ofrece esos regalos y cuál es su postura hacia ellos: ¿es alguien
extraño y ajeno el que desde su superioridad tecnológica trae
"juguetes caros" o es un vecino hacia el cual se puede sentir
cariño, alguien que va a buscar también tu consejo y ayuda?
Los judíos nunca dijeron a los árabes: "Mirad, nosotros somos un
pueblo que vive en una situación de exilio y diáspora extraña y
anormal, una situación que nos ha acarreado muchísimas y terribles
penalidades. Ha llegado la hora de que también nosotros, como cualquier
pueblo, encontremos un trozo de tierra donde poder ser dueños de nuestro
destino y vivir una vida normal como Estado y como pueblo, algo a lo que
todo pueblo tiene derecho. Por favor, ayudadnos a llevar a cabo este
proyecto para normalizar nuestra situación. Echadnos una mano para
solucionar el problema judío, que tiene consecuencias en todo el mundo,
incluido el mundo árabe y musulmán".
Los judíos no se dirigieron a los árabes como gente necesitada en busca
de ayuda para resolver su incómoda situación, sino como unos extraños
desconfiados que sólo confiaban en sí mismos. En el mejor de los casos,
los israelíes llegaron prometiendo avances tecnológicos y desarrollo
económico, pero sin buscar ayuda u orientación o siquiera simpatía
hacia el proyecto para sentar las bases de una independencia nacional que,
tras el holocausto, recibió un trágico impulso.
La falta de sintonía entre judíos y árabes fue creciendo y, en lugar de
empatía, cada vez había más hostilidad y desconfianza. Los árabes sentían
que sus tradiciones y su cultura no eran suficientemente valoradas por los
judíos, los cuales todo lo consideraban folklore.
Y resulta que ahora, en pleno auge de la violencia, varios orientalistas
judíos tienen una brillante idea: aprovechar una tradición árabe, la
"hudna", para intentar conseguir algo de calma en la zona. Se
trata de una ceremonia que se lleva realizando durante siglos en la región
de Oriente Medio. Su objetivo es evitar que dos familias sigan enfrentadas
y tratar de que salgan del círculo de la venganza. La idea era, por
tanto, aprovechar la tradición árabe y musulmana para llevar al
presidente de Israel al Parlamento palestino y que allí lamentase la
muerte de víctimas inocentes en ambos lados y llamase a un alto el fuego
de un año, y todo ello siendo fiel al espíritu de la "hudna"
árabe.
Los palestinos, debido a su penuria y tal vez por un deseo de bajarse del
árbol que los llevó a la locura de iniciar la "intifada" de Al
Aqsa en plenas conversaciones de paz en Camp David con el auspicio de
Clinton, aceptaron la idea. Quizás, al seguir una costumbre árabe, se
imaginaron que podían aceptarnos como una familia vecina, una familia con
la que hay que llegar a un acuerdo. Cuando los palestinos reciben a una
delegación israelí siguiendo la ceremonia de la "hudna",
proclaman un alto el fuego que la población palestina puede entender y
respetar, ya que es una propuesta que rinde honor a su tradición y a sus
costumbres.
En la "hudna", no hay vencedores ni vencidos. Supone una tregua,
un cese de la violencia y el inicio de unas conversaciones para alcanzar
un acuerdo que las dos familias están obligadas a respetar. ¿Qué es el
conflicto árabe-israelí sino un conflicto entre dos familias que ven en
esta tierra su tierra, que quieren terminar con las matanzas, que lamentan
la muerte de cada víctima, que reconocen que las dos tienen un pasado en
esta tierra y que ambas ven aquí su futuro, un futuro que se ha de basar
en unas buenas relaciones de vecindad que les permitan vivir en paz?
Si el presidente de Israel hubiera ido a la Autoridad Palestina, como hizo
Sadat en su momento cuando viajó a Israel en 1977, sin condiciones
previas y con respeto y buena disposición, es evidente que este gesto no
habría pasado inadvertido. Y aunque se hubiese roto el alto el fuego por
los atentados terroristas de algunos y aunque hubiese continuado el cerco
a los territorios, la existencia de un gesto de respeto como éste habría
calado en la conciencia de los dos pueblos; habría sido como un destello
de luz y de esperanza en una región donde la esperanza casi ha muerto y
donde sólo queda ya una cínica desesperación.
ABRAHAM
B. YEHOSHÚA, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz Ahora
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