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Una medida unilateral israelí
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LO QUE “MANCHÓ moralmente” a Israel no fue la
ocupación militar, sino la creación de los asentamientos de colonos
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NO NOS ESPERA UN aumento del terrorismo tras el
desmantelamiento de los asentamientos, sino un periodo de relativa calma
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ABRAHAM B.
YEHOSHÚA - 10/03/2004
La unilateralidad es el nuevo concepto que ahora se está imponiendo en el
ámbito político del conflicto palestino-israelí a raíz de la construcción
del muro de seguridad y los planes del primer ministro de separarse
parcialmente de los palestinos. Desde la guerra de los Seis Días y durante
muchos años, la idea de llevar a cabo una acción unilateral sin haber
llegado a un acuerdo carecía de sentido tanto entre el bloque de la derecha
como entre la mayoría de los sectores pacifistas.
Antes de nada, un pequeño recordatorio: tras finalizar la guerra de los Seis
Días en 1967, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó unánimemente
(incluido el bloque comunista) la resolución 242, la cual constituye el
fundamento de cualquier acuerdo posible en Oriente Medio. En síntesis, esa
resolución dice lo siguiente: la guerra que en junio de 1967 emprendió
Israel contra Egipto, Jordania y Siria y que acarreó la ocupación de
territorios de esos países fue en esencia una guerra justa, fruto del
derecho legítimo a defenderse ante las amenazas de ataque y la concentración
de fuerzas militares contra Israel. Por tanto, el Consejo de Seguridad no le
exige a Israel que se retire incondicionalmente de los territorios que
ocupó, sino que lo haga en paralelo con la firma de acuerdos de paz con esos
países árabes que garanticen la seguridad en las fronteras de Israel, lo que
implica fundamentalmente que los territorios ocupados se desarmen de
armamento pesado y de largo alcance y se reduzca el número permitido de
unidades militares en la zona.
Los países árabes rechazaron al principio dicha resolución del Consejo de
Seguridad y exigieron la retirada incondicional de los territorios y, por
supuesto, se negaron a entrar en negociaciones directas con Israel para
alcanzar nuevos acuerdos relativos a la seguridad. La negativa árabe sentó
la base de años de odio hasta que estalló la guerra de Yom Kippur, a partir
de la cual se dieron los primeros pasos para llegar a acuerdos parciales con
Siria y Egipto, hasta firmarse finalmente el acuerdo de paz con Egipto, que
sigue el modelo que estableció la resolución 242 del Consejo de Seguridad.
Desde la guerra de los Seis Días se asumió en todos los sectores políticos
israelíes la idea de que no habría retirada parcial o total de los
territorios sin antes negociar directamente con los árabes para alcanzar
acuerdos de paz que garantizasen la seguridad. Una retirada sin nada a
cambio suponía no sólo admitir que la guerra de los Seis Días no había sido
justa, cuando había sido una guerra defensiva, sino que además animaba a
emprender acciones violentas parecidas en el futuro. Y como en un acuerdo de
paz, Israel tendría que devolver territorios, mientras que los árabes tan
sólo deberían firmar una declaración de intenciones; parecía que el
principio de retirarse a cambio de un acuerdo de paz no sólo era de vital
importancia, sino también justo desde el punto de vista ético.
La mayoría del bloque pacifista (yo entre ellos) aceptó dicho principio con
la excepción de algunos que no creían que los árabes (y en especial, los
palestinos) fuesen capaces de llegar a un auténtico acuerdo con Israel y
reconocerle el derecho a existir, y por ello ya en los años 70 apoyaron una
retirada unilateral y el final de una ocupación que podía envenenar social y
moralmente a Israel.
Por supuesto, el sector de la derecha –o nacionalista, tal y como se define
a sí mismo– se opuso a cualquier acción unilateral al respecto. No sólo
porque a fin de cuentas no creía en la voluntad y capacidad de los árabes de
llegar a un acuerdo de paz total, sino también porque tenía interés en
mantener la mayoría de los territorios suponiendo que la ventaja estratégica
que esa ocupación ofrecía a Israel llevaría a una paz de facto en la zona,
lo cual era mejor que cualquier acuerdo. Pero dado que no se podía
justificar una postura política que se negase por completo a negociar,
también la derecha propuso dialogar, pero exigiendo unas condiciones
durísimas, como el cese de los actos terroristas y el reconocimiento árabe
de la legitimidad de la existencia del Estado de Israel, y todo ello bajo la
premisa de que, aunque la otra parte cumpliera esas condiciones, el alcance
de las concesiones israelíes sería bastante reducido.
En cambio, durante los últimos años ese principio tan sagrado ha ido
perdiendo fuerza, no sólo entre los pacifistas sino incluso en el bloque
nacionalista. La primera retirada unilateral sin acuerdo previo se produjo
en el sur de Líbano en el año 2000, una retirada que ha traído relativa
calma a la zona. Y ahora se empieza a hablar de una separación unilateral
dentro del propio Israel. Es decir, retirarse de los territorios ocupados en
el año 1967 sin llegar antes a un acuerdo con el otro lado y sin recibir
nada a cambio –ni siquiera verbalmente– de los palestinos.
¿Acaso así se ha acabado con uno de los principios morales fundamentales
durante muchos años en la política israelí? ¿Llevan razón aquellos –sobre
todo entre la derecha, aunque también los hay entre la izquierda, como Yossi
Beilin– que dicen que actuando unilateralmente Israel está en realidad
rindiéndose al terrorismo palestino y animando a que en el futuro se vuelva
a emplear la violencia contra él? ¿Tiene sentido la previsión de que aunque
ahora haya cierta calma ésta será temporal y no conducirá a ninguna solución
a largo plazo?
Primero resumiré mi postura en relación con estas cuestiones y después
intentaré justificarla.
Si el Estado de Israel no hubiera levantado asentamientos en los territorios
ocupados y simplemente hubiese mantenido allí fuerzas militares, yo seguiría
siendo fiel a ese principio del que hablaba antes, es decir, el de retirarse
sólo a cambio de un firme acuerdo de paz y del compromiso de los palestinos
de vivir en buena vecindad con los israelíes; pero el establecimiento
unilateral de asentamientos en los territorios cambió por completo la
concepción de la situación en que se basaba la resolución 242, y por tanto
está justificado moralmente que ahora una medida unilateral anule aquella
otra medida unilateral.
Pues, en realidad, ¿qué es lo que se está queriendo decir con los
asentamientos? Se les está queriendo decir a los árabes que, aunque
reconozcan al Estado de Israel y se comprometan a vivir en paz con los
israelíes, hay parte de los territorios que ya nunca se les devolverá.
Establecer fuerzas militares en el futuro Estado palestino es legítimo
mientras sea para garantizar que realmente se está llevando a cabo el
desarme de la zona y no se está creando una nueva infraestructura
terrorista. Una base militar extranjera ocupa un lugar limitado, tiene unas
misiones concretas y una vez que se alcanza la paz en la zona se desmantela.
Eso fue lo que ocurrió con las bases militares que tanto Estados Unidos como
la antigua Unión Soviética establecieron en diferentes países. Sin embargo,
un asentamiento de civiles es algo esencialmente distinto, porque, primero:
no se puede justificar como medida defensiva; segundo: no evita el
terrorismo sino todo lo contrario, lo provoca y con ello hace que tengan que
instalarse fuerzas militares para defender a los colonos, y tercero: no es
algo temporal, esto es, los civiles no se instalan en un lugar para
abandonarlo cuando se alcance la paz, por lo que, en definitiva, se les está
dando a entender a los palestinos que, aunque lleguen la paz y la
conciliación a la zona, seguirán pagándolo con parte de su tierra.
La creación de los asentamientos fue una medida unilateral a la que todo el
mundo –incluidos los mejores aliados de Israel– se opuso y que elimina el
fundamento moral en que se basaba el principio sagrado durante tanto tiempo
de “territorios a cambio de paz”, el cual servía de base a la resolución 242
de la ONU y que era aceptado por el bloque pacifista israelí.
Así pues, moralmente hablando, Israel debe llevar a cabo una acción
unilateral parcial que implique el desmantelamiento de muchos asentamientos,
y todo ello sin recibir absolutamente nada a cambio por parte de los
palestinos. Pero en el momento en que se complete la retirada y se
establezca una nueva frontera, incluso si no es la definitiva ni la acordada
según los palestinos, Israel recuperará la legitimidad moral para defenderse
con firmeza de cualquier acto terrorista u hostil.
Por tanto, todos aquellos –tanto entre la derecha como entre la izquierda
israelí– que consideran que hacer concesiones unilaterales en estos momentos
significa “premiar el terrorismo” deben saber que lo que “manchó moralmente”
a Israel no fue la ocupación militar, sino la creación de los asentamientos
de colonos. Y también los palestinos, que ahora no están dispuestos a llegar
a ningún acuerdo por empeñarse en el derecho de retorno o en otras
cuestiones, deben saber que el desmantelamiento de los asentamientos en Gaza
y la retirada del ejército de allí crean para ellos una nueva situación. Y
si pretenden continuar enfrentándose a Israel también tras la retirada, la
reacción israelí se regirá entonces por reglas totalmente distintas, mucho
más duras, por lo que será mejor que sean prudentes al respecto. No
obstante, según las primeras y prometedoras reacciones en la calle palestina,
incluso entre los extremistas, parece que los palestinos son conscientes del
nuevo equilibrio moral que habrá ahora entre ellos y los israelíes.
Así que, en definitiva, creo que tras el desmantelamiento de los
asentamientos no nos espera un aumento del terrorismo, sino precisamente un
periodo de relativa calma, tal y como ocurre ahora en Líbano.
ABRAHAM B. YEHOSHÚA, escritor israelí, inspirador del
movimiento Paz Ahora
Traducción: Sonia de Pedro |