LA VANGUARDIA - 29/06/2002



Una retirada unilateral de Israel

ABRAHAM B. YEHOSHÚA

Quisiera hacer algunas reflexiones sobre la petición de escritores e intelectuales europeos, publicado últimamente en la prensa europea, en la que planteaban la necesidad y la obligación de crear una frontera -aunque fuera temporal y unilateral- entre israelíes y palestinos. El hecho de que esta petición, pese a ser formulada de forma general y sin entrar en detalles, haya despertado entusiasmo y a muchos les haya parecido una idea original me demuestra, una vez más, que a pesar de la enorme información sobre el conflicto entre israelíes y palestinos que inunda los medios de comunicación, todavía hay algunos puntos básicos desconocidos por los europeos, por lo que es necesario aclararlos para que la actuación de Europa en el conflicto resulte efectiva.

La idea de una retirada unilateral va tomando peso en Israel debido a la continua violencia y al callejón sin salida en el que se encuentra el conflicto. Actualmente el 70% de los israelíes apoya la idea de una retirada. El consejo nacional de altos oficiales de la reserva incluidos en el bloque pacifista ha visto con muy buenos ojos la idea. Además, el hecho de que el ministro de Defensa haya ordenado finalmente la instalación de una verja entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina, después de que durante muchos meses tanto él como el primer ministro se opusieran firmemente a ello, muestra con claridad que la idea de establecer una frontera está adquiriendo fuerza política. Por otra parte, en el Partido Laborista -socio en el Gobierno de unidad nacional- ha empezado a haber ya un giro político que llevará a un cambio con respecto a este tema.

Mi intención es explicar cómo creemos muchos israelíes que debería llevarse a cabo dicha retirada, amén de exponer las causas de la oposición a la idea de una separación unilateral, oposición que existe en diversos sectores de la población: desde la derecha radical, es decir, los colonos, que ahora luchan enérgicamente contra la creación de una frontera, hasta la extrema izquierda, que, por motivos diferentes, se opone también.

Los puntos principales que marcarían el modo en que se produciría la retirada son los siguientes:

1. La retirada sería unilateral por parte de Israel; es decir, no dependería de interminables discusiones con los palestinos, de reuniones estériles o conferencias internacionales como las que ha habido en el pasado y que no han servido para nada. Esta retirada sería un hecho transitorio hasta que llegase el momento apropiado para firmar un acuerdo de paz definitivo entre israelíes y palestinos.

2. Israel se retiraría alrededor de un 45% de los territorios ocupados durante la guerra de los Seis Días, lo que se sumaría al 42% del territorio que ya se entregó a la Autoridad Nacional Palestina a raíz de los acuerdos de Oslo.

3. Se desmantelarían los asentamientos dispersos en el territorio citado en el punto anterior. A sus habitantes -se estima que son unos 60.000- se les indemnizaría por la pérdida de sus casas y sus propiedades.

4. Se construiría una frontera que separase de verdad Israel de la Autoridad Nacional Palestina, que entonces controlaría cerca de un 85% de los territorios ocupados en la guerra de los Seis Días. Esta frontera impediría de forma drástica la fácil e insostenible entrada de terroristas kamikazes, que tanto daño están causando a los ciudadanos israelíes.

5. Se abrirían pasos fronterizos oficiales y controlados por los cuales podrían cruzar los palestinos para buscar trabajo en Israel. Desde el momento en que Israel establezca una frontera firme y auténtica, desaparecerán muchos puestos de control entre las ciudades y las aldeas palestinas, y serán los pasos fronterizos oficiales los que evitarán que se cuelen trabajadores ilegales que actualmente trabajan en unas pésimas condiciones laborales en el mercado israelí.

6. La salida de muchas unidades del Ejército de territorio palestino y la desaparición de los asentamientos más aislados impedirán los asesinatos de colonos y soldados y, con ello, se evitarán también los actos de represalia de Israel contra la población palestina.

7. En esta fase Jerusalén -en la que no puede haber una partición física sino tan sólo política a partir de acuerdos que se firmarían una vez alcanzada la paz definitiva- quedaría bajo soberanía israelí. No obstante, cesaría rotundamente la construcción de casas judías en las zonas palestinas de Jerusalén oriental. Los grandes asentamientos de colonos que estén próximos a la frontera de 1967 seguirían en manos de Israel hasta que llegase el momento de establecer un pacto donde los israelíes y los palestinos intercambiasen territorios, tal como se acordó en las conversaciones de Camp David.

8. Los lugares santos de la Ciudad Vieja de Jerusalén pasarían ya al control soberano de las tres grandes religiones monoteístas, según el espíritu del plan de "vaticanización" de los lugares santos.

9. Los pasos fronterizos entre los territorios palestinos y Jordania y Egipto estarían bajo control israelí para garantizar que la Autoridad Palestina se desprenda realmente de su armamento. Si la comunidad internacional apoyase la retirada unilateral de Israel, podrían participar fuerzas internacionales en el control de los pasos fronterizos, para asegurar que la Autoridad Nacional Palestina no aproveche la retirada militar israelí para recibir armamento de largo alcance destinado a atacar a la población civil israelí, la cual ahora estaría más cerca de la nueva frontera.

10. Esta retirada calmaría los ánimos y ayudaría a evitar las manifestaciones de violencia de ambas partes, ya sea el terrorismo cruel de los atentados suicidas palestinos, ya sea las acciones de represalia de Israel. La existencia de una frontera fiable y firme entre las dos poblaciones posibilitaría que la Autoridad Palestina impidiese el paso a Israel de terroristas fundamentalistas, algo que ahora le resulta imposible al no haber una frontera entre palestinos e israelíes.

Éstos son, pues, los puntos principales del plan que muchos en Israel deseamos que se realice inmediatamente. Y ello depende únicamente de Israel. No creo que hoy por hoy haya una base común para que se llegue a un acuerdo de paz entre el Gobierno de derechas de Ariel Sharon y la política radical de la Autoridad Palestina con Arafat al frente. Además, aunque ambos lados aceptasen en teoría un acuerdo, nadie (sobre todo en Israel) confía -y con toda la razón- en la capacidad y voluntad de Arafat y su Gabinete de cumplir de verdad un acuerdo de paz.

Por tanto, ahora lo único factible es una retirada unilateral israelí (según los puntos anteriores) y sería deseable que esta retirada recibiera el apoyo de la comunidad internacional.

De todas formas, esta posible retirada no es apoyada por todos. Es asombroso que el rechazo se dé en sectores totalmente distintos e incluso contrarios entre sí dentro del mapa político tanto israelí como palestino. De hecho, en una página del periódico israelí "Ha-Aretz", de gran difusión en Israel, se publicaron notas de protesta contra la construcción de una valla de separación firmadas por colonos judíos, por árabes israelíes y por el grupo Gush Shalom -blo-que radical dentro de la izquierda israelí-. También hay cierto rechazo en algunos círculos del movimien-to laborista, y por supuesto en los círculos del primer ministro.

Indudablemente, en la derecha y en la ultraderecha -Sharon se sitúa entre la derecha tradicional y la ultraderecha- y sobre todo entre los colonos, hay una fuerte oposición a la creación de una valla que se convertiría en la primera expresión de una frontera de carácter político dentro de Israel. Esta frontera, aun sin ser definitiva, supone el desmantelamiento de asentamientos, algo que para la derecha y para los colonos conllevaría la derrota de toda su política. Pues esa valla constituye el inicio de un proceso de separación y pérdida de los territorios ocupados, a los que la derecha y los colonos consideran lugares sagrados desde el punto de vista religioso e histórico, además de cruciales para la seguridad de Israel.

Para parte del sector pacifista israelí, el establecimiento unilateral de una frontera refleja el abandono del proceso de paz que se configuró en las conversaciones de Camp David, además de la anexión de facto, ya que no de iure, de un 15% de los territorios, por lo que Israel ya no tendría la necesidad tan urgente de alcanzar un acuerdo con los palestinos y con el mundo árabe. Estas personas creen que aún es posible, a corto plazo, hacer que la opinión pública israelí -que en los dos últimos años es más "halcón" y desconfía del Gobierno palestino- acabe cediendo y acepte la partición de Jerusalén, la vuelta a las fronteras de antes de 1967, la desaparición de todos los asentamientos, es decir, la evacuación de unos 200.000 colonos, e incluso la exigencia palestina de que parte de los refugiados de Líbano regresen a Israel.

Los árabes israelíes se oponen al establecimiento de una frontera que les va a hacer más difícil visitar a sus compatriotas del otro lado. No obstante, aunque muchos de ellos se alegran por dentro de que se cree una frontera que los va a alejar de los fundamentalistas palestinos, todavía son pocos lo que se atreven a expresarlo en público.

Los palestinos, por supuesto, se oponen a dicha frontera a pesar de que ello reduciría el sufrimiento fruto de su actual situación y haría que recuperasen más territorios y se eliminasen parte de aquellos asentamientos que tanto odian. La razón es que ven en este paso unilateral un retraso o incluso el abandono de la posibilidad de alcanzar un acuerdo por el que obtuviesen todos los territorios. Además, gran parte de los palestinos creen todavía que con el tiempo lograrán eliminar demográficamente al Estado de Israel a través de la lenta infiltración de refugiados palestinos dentro de las fronteras israelíes, algo que se complicaría si existiera una frontera firme.

También se muestran reticentes a una separación unilateral parte importante del sector pacifista. El motivo es que, desde la guerra de los Seis Días, los pacifistas han estado defendiendo la tesis de "territorios por paz, pero a través de un acuerdo". Es decir, frente al rechazo de los árabes a dialogar con Israel -tal como quedó reflejado en la declaración de los países árabes en la famosa conferencia de Jartum en 1967-, estaba la tesis que decía que no se devolverían territorios si no era a raíz del diálogo y dentro del marco de un acuerdo de paz. En definitiva, a los árabes no les quedaba más remedio que dialogar directamente con nosotros y firmar un acuerdo. Por tanto, una separación unilateral, unida al repliegue de parte de los territorios y al desmantelamiento de asentamientos, que no sea fruto de un acuerdo con los palestinos, es vista por parte importante del bloque pacifista como un triunfo de la violencia palestina de la última época y un acicate a la continuación de la misma.

Es muy difícil vencer esta oposición de pronto, ya que yo mismo he defendido esa tesis durante muchos años. El acuerdo de paz con Egipto se hizo según el planteamiento de la tesis de "territorios a cambio de paz y de un acuerdo". No obstante, pienso que, ante la nueva situación creada a partir de la ola de violencia irracional de los palestinos durante el gobierno pacifista de Barak, es necesario olvidarse de esa tesis.

En primer lugar, porque no creo que el repliegue unilateral de Israel anime a los palestinos a continuar con la violencia. Eso es algo que ya vimos en Líbano. Hace dos años el Ejército israelí se retiró del sur de Líbano sin un acuerdo previo con Hezbollah y, a pesar de los gritos de victoria de la organización chiita y a pesar de las declaraciones donde proclamaban seguir con la lucha, hoy reina la tranquilidad en el sur de Líbano excepto en una pequeña zona aún en disputa. En los dos últimos años han muerto en esa franja cuatro soldados, un número muy alejado de los cincuenta o sesenta soldados que murieron durante los dos años anteriores a la retirada israelí.

Por otro lado, la población del norte de Israel ya está más tranquila. Esa tranquilidad se debe no sólo a que Hezbollah ha conseguido su objetivo inmediato, sino también porque Israel declaró que tras la retirada cambiarían las reglas del juego. En cuanto hubiera un ataque a las poblaciones del norte, Israel no buscaría a los que lanzasen los katiuskas y atacaría las bases de los terroristas, sino que responsabilizaría de los ataques al Gobierno libanés y atacaría la capital libanesa.

Eso mismo es lo que se les puede advertir a los palestinos. Después de replegarse y desmantelar los asentamientos, Israel ya no actuará de policía contra la infraestructura terrorista, sino como un Estado que se enfrenta a otro y que puede llevar a una guerra, tal como hizo Israel cuando fue atacado por Egipto, Jordania y Siria.

Es cierto que los palestinos pueden creer, tras una retirada unilateral, que en parte ellos han ganado, pero Israel, que ha vencido durante los últimos 35 años, ha actuado de forma unilateral tantas veces y para mal, sobre todo con la construcción ilegal de asentamientos en los territorios ocupados, que no hay nada malo desde el punto de vista moral en que, por su seguridad y por aliviar el sufrimiento de los palestinos y por tratar de reducir el grado de violencia actual, muestre cierta "debilidad" y se retire unilateralmente con el fin de establecer una frontera firme y fiable entre ambas poblaciones que sirva en el futuro de base para un acuerdo de paz.

Por tanto, creo que la retirada israelí traerá alivio a los palestinos y a los israelíes, y no animará a los palestinos a continuar con la violencia, a pesar de que su aspiración a recuperar todos los territorios. La sensación de victoria los puede inducir a buscar una reconciliación, del mismo modo que la "victoria" -parcial y pequeña- que obtuvieron los egipcios en la guerra de Yom Kippur los llevó a abrir el canal, a alcanzar un acuerdo provisional con Israel y finalmente a firmar un tratado de paz definitivo.

Pero hay un factor más que influye en la oposición de parte de los israelíes a establecer una frontera con los palestinos, y ese factor tiene que ver con la esencia errante del judío, una esencia que le ha hecho vagar y cruzar fronteras durante dos mil años. El sionismo es el polo opuesto a ese carácter errante del judío que vaga y está en todas partes, pero que en el fondo no está en ninguna. Sionismo quiere decir fronteras territoriales definidas que marquen un espacio donde el judío sea soberano y responsable de su gobierno. Por ello, el comienzo de una delimitación de fronteras supone una acción claramente sionista por la que el Estado de Israel se libera del error histórico de judío que durante dos mil años ha vivido sin fronteras.

ABRAHAM B. YEHOSHÚA, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz Ahora
Traducción: Sonia de Pedro

 

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