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Una
retirada unilateral de Israel
ABRAHAM
B. YEHOSHÚA
Quisiera
hacer algunas reflexiones sobre la petición de escritores e intelectuales
europeos, publicado últimamente en la prensa europea, en la que
planteaban la necesidad y la obligación de crear una frontera -aunque
fuera temporal y unilateral- entre israelíes y palestinos. El hecho de
que esta petición, pese a ser formulada de forma general y sin entrar en
detalles, haya despertado entusiasmo y a muchos les haya parecido una idea
original me demuestra, una vez más, que a pesar de la enorme información
sobre el conflicto entre israelíes y palestinos que inunda los medios de
comunicación, todavía hay algunos puntos básicos desconocidos por los
europeos, por lo que es necesario aclararlos para que la actuación de
Europa en el conflicto resulte efectiva.
La idea de una retirada unilateral va tomando peso en Israel debido a la
continua violencia y al callejón sin salida en el que se encuentra el
conflicto. Actualmente el 70% de los israelíes apoya la idea de una
retirada. El consejo nacional de altos oficiales de la reserva incluidos
en el bloque pacifista ha visto con muy buenos ojos la idea. Además, el
hecho de que el ministro de Defensa haya ordenado finalmente la instalación
de una verja entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina, después de
que durante muchos meses tanto él como el primer ministro se opusieran
firmemente a ello, muestra con claridad que la idea de establecer una
frontera está adquiriendo fuerza política. Por otra parte, en el Partido
Laborista -socio en el Gobierno de unidad nacional- ha empezado a haber ya
un giro político que llevará a un cambio con respecto a este tema.
Mi intención es explicar cómo creemos muchos israelíes que debería
llevarse a cabo dicha retirada, amén de exponer las causas de la oposición
a la idea de una separación unilateral, oposición que existe en diversos
sectores de la población: desde la derecha radical, es decir, los
colonos, que ahora luchan enérgicamente contra la creación de una
frontera, hasta la extrema izquierda, que, por motivos diferentes, se
opone también.
Los puntos principales que marcarían el modo en que se produciría la
retirada son los siguientes:
1. La retirada sería unilateral por parte de Israel; es decir, no
dependería de interminables discusiones con los palestinos, de reuniones
estériles o conferencias internacionales como las que ha habido en el
pasado y que no han servido para nada. Esta retirada sería un hecho
transitorio hasta que llegase el momento apropiado para firmar un acuerdo
de paz definitivo entre israelíes y palestinos.
2. Israel se retiraría alrededor de un 45% de los territorios ocupados
durante la guerra de los Seis Días, lo que se sumaría al 42% del
territorio que ya se entregó a la Autoridad Nacional Palestina a raíz de
los acuerdos de Oslo.
3. Se desmantelarían los asentamientos dispersos en el territorio citado
en el punto anterior. A sus habitantes -se estima que son unos 60.000- se
les indemnizaría por la pérdida de sus casas y sus propiedades.
4. Se construiría una frontera que separase de verdad Israel de la
Autoridad Nacional Palestina, que entonces controlaría cerca de un 85% de
los territorios ocupados en la guerra de los Seis Días. Esta frontera
impediría de forma drástica la fácil e insostenible entrada de
terroristas kamikazes, que tanto daño están causando a los ciudadanos
israelíes.
5. Se abrirían pasos fronterizos oficiales y controlados por los cuales
podrían cruzar los palestinos para buscar trabajo en Israel. Desde el
momento en que Israel establezca una frontera firme y auténtica,
desaparecerán muchos puestos de control entre las ciudades y las aldeas
palestinas, y serán los pasos fronterizos oficiales los que evitarán que
se cuelen trabajadores ilegales que actualmente trabajan en unas pésimas
condiciones laborales en el mercado israelí.
6. La salida de muchas unidades del Ejército de territorio palestino y la
desaparición de los asentamientos más aislados impedirán los asesinatos
de colonos y soldados y, con ello, se evitarán también los actos de
represalia de Israel contra la población palestina.
7. En esta fase Jerusalén -en la que no puede haber una partición física
sino tan sólo política a partir de acuerdos que se firmarían una vez
alcanzada la paz definitiva- quedaría bajo soberanía israelí. No
obstante, cesaría rotundamente la construcción de casas judías en las
zonas palestinas de Jerusalén oriental. Los grandes asentamientos de
colonos que estén próximos a la frontera de 1967 seguirían en manos de
Israel hasta que llegase el momento de establecer un pacto donde los
israelíes y los palestinos intercambiasen territorios, tal como se acordó
en las conversaciones de Camp David.
8. Los lugares santos de la Ciudad Vieja de Jerusalén pasarían ya al
control soberano de las tres grandes religiones monoteístas, según el
espíritu del plan de "vaticanización" de los lugares santos.
9. Los pasos fronterizos entre los territorios palestinos y Jordania y
Egipto estarían bajo control israelí para garantizar que la Autoridad
Palestina se desprenda realmente de su armamento. Si la comunidad
internacional apoyase la retirada unilateral de Israel, podrían
participar fuerzas internacionales en el control de los pasos fronterizos,
para asegurar que la Autoridad Nacional Palestina no aproveche la retirada
militar israelí para recibir armamento de largo alcance destinado a
atacar a la población civil israelí, la cual ahora estaría más cerca
de la nueva frontera.
10. Esta retirada calmaría los ánimos y ayudaría a evitar las
manifestaciones de violencia de ambas partes, ya sea el terrorismo cruel
de los atentados suicidas palestinos, ya sea las acciones de represalia de
Israel. La existencia de una frontera fiable y firme entre las dos
poblaciones posibilitaría que la Autoridad Palestina impidiese el paso a
Israel de terroristas fundamentalistas, algo que ahora le resulta
imposible al no haber una frontera entre palestinos e israelíes.
Éstos son, pues, los puntos principales del plan que muchos en Israel
deseamos que se realice inmediatamente. Y ello depende únicamente de
Israel. No creo que hoy por hoy haya una base común para que se llegue a
un acuerdo de paz entre el Gobierno de derechas de Ariel Sharon y la política
radical de la Autoridad Palestina con Arafat al frente. Además, aunque
ambos lados aceptasen en teoría un acuerdo, nadie (sobre todo en Israel)
confía -y con toda la razón- en la capacidad y voluntad de Arafat y su
Gabinete de cumplir de verdad un acuerdo de paz.
Por tanto, ahora lo único factible es una retirada unilateral israelí
(según los puntos anteriores) y sería deseable que esta retirada
recibiera el apoyo de la comunidad internacional.
De todas formas, esta posible retirada no es apoyada por todos. Es
asombroso que el rechazo se dé en sectores totalmente distintos e incluso
contrarios entre sí dentro del mapa político tanto israelí como
palestino. De hecho, en una página del periódico israelí
"Ha-Aretz", de gran difusión en Israel, se publicaron notas de
protesta contra la construcción de una valla de separación firmadas por
colonos judíos, por árabes israelíes y por el grupo Gush Shalom
-blo-que radical dentro de la izquierda israelí-. También hay cierto
rechazo en algunos círculos del movimien-to laborista, y por supuesto en
los círculos del primer ministro.
Indudablemente, en la derecha y en la ultraderecha -Sharon se sitúa entre
la derecha tradicional y la ultraderecha- y sobre todo entre los colonos,
hay una fuerte oposición a la creación de una valla que se convertiría
en la primera expresión de una frontera de carácter político dentro de
Israel. Esta frontera, aun sin ser definitiva, supone el desmantelamiento
de asentamientos, algo que para la derecha y para los colonos conllevaría
la derrota de toda su política. Pues esa valla constituye el inicio de un
proceso de separación y pérdida de los territorios ocupados, a los que
la derecha y los colonos consideran lugares sagrados desde el punto de
vista religioso e histórico, además de cruciales para la seguridad de
Israel.
Para parte del sector pacifista israelí, el establecimiento unilateral de
una frontera refleja el abandono del proceso de paz que se configuró en
las conversaciones de Camp David, además de la anexión de facto, ya que
no de iure, de un 15% de los territorios, por lo que Israel ya no tendría
la necesidad tan urgente de alcanzar un acuerdo con los palestinos y con
el mundo árabe. Estas personas creen que aún es posible, a corto plazo,
hacer que la opinión pública israelí -que en los dos últimos años es
más "halcón" y desconfía del Gobierno palestino- acabe
cediendo y acepte la partición de Jerusalén, la vuelta a las fronteras
de antes de 1967, la desaparición de todos los asentamientos, es decir,
la evacuación de unos 200.000 colonos, e incluso la exigencia palestina
de que parte de los refugiados de Líbano regresen a Israel.
Los árabes israelíes se oponen al establecimiento de una frontera que
les va a hacer más difícil visitar a sus compatriotas del otro lado. No
obstante, aunque muchos de ellos se alegran por dentro de que se cree una
frontera que los va a alejar de los fundamentalistas palestinos, todavía
son pocos lo que se atreven a expresarlo en público.
Los palestinos, por supuesto, se oponen a dicha frontera a pesar de que
ello reduciría el sufrimiento fruto de su actual situación y haría que
recuperasen más territorios y se eliminasen parte de aquellos
asentamientos que tanto odian. La razón es que ven en este paso
unilateral un retraso o incluso el abandono de la posibilidad de alcanzar
un acuerdo por el que obtuviesen todos los territorios. Además, gran
parte de los palestinos creen todavía que con el tiempo lograrán
eliminar demográficamente al Estado de Israel a través de la lenta
infiltración de refugiados palestinos dentro de las fronteras israelíes,
algo que se complicaría si existiera una frontera firme.
También se muestran reticentes a una separación unilateral parte
importante del sector pacifista. El motivo es que, desde la guerra de los
Seis Días, los pacifistas han estado defendiendo la tesis de
"territorios por paz, pero a través de un acuerdo". Es decir,
frente al rechazo de los árabes a dialogar con Israel -tal como quedó
reflejado en la declaración de los países árabes en la famosa
conferencia de Jartum en 1967-, estaba la tesis que decía que no se
devolverían territorios si no era a raíz del diálogo y dentro del marco
de un acuerdo de paz. En definitiva, a los árabes no les quedaba más
remedio que dialogar directamente con nosotros y firmar un acuerdo. Por
tanto, una separación unilateral, unida al repliegue de parte de los
territorios y al desmantelamiento de asentamientos, que no sea fruto de un
acuerdo con los palestinos, es vista por parte importante del bloque
pacifista como un triunfo de la violencia palestina de la última época y
un acicate a la continuación de la misma.
Es muy difícil vencer esta oposición de pronto, ya que yo mismo he
defendido esa tesis durante muchos años. El acuerdo de paz con Egipto se
hizo según el planteamiento de la tesis de "territorios a cambio de
paz y de un acuerdo". No obstante, pienso que, ante la nueva situación
creada a partir de la ola de violencia irracional de los palestinos
durante el gobierno pacifista de Barak, es necesario olvidarse de esa
tesis.
En primer lugar, porque no creo que el repliegue unilateral de Israel
anime a los palestinos a continuar con la violencia. Eso es algo que ya
vimos en Líbano. Hace dos años el Ejército israelí se retiró del sur
de Líbano sin un acuerdo previo con Hezbollah y, a pesar de los gritos de
victoria de la organización chiita y a pesar de las declaraciones donde
proclamaban seguir con la lucha, hoy reina la tranquilidad en el sur de Líbano
excepto en una pequeña zona aún en disputa. En los dos últimos años
han muerto en esa franja cuatro soldados, un número muy alejado de los
cincuenta o sesenta soldados que murieron durante los dos años anteriores
a la retirada israelí.
Por otro lado, la población del norte de Israel ya está más tranquila.
Esa tranquilidad se debe no sólo a que Hezbollah ha conseguido su
objetivo inmediato, sino también porque Israel declaró que tras la
retirada cambiarían las reglas del juego. En cuanto hubiera un ataque a
las poblaciones del norte, Israel no buscaría a los que lanzasen los
katiuskas y atacaría las bases de los terroristas, sino que
responsabilizaría de los ataques al Gobierno libanés y atacaría la
capital libanesa.
Eso mismo es lo que se les puede advertir a los palestinos. Después de
replegarse y desmantelar los asentamientos, Israel ya no actuará de policía
contra la infraestructura terrorista, sino como un Estado que se enfrenta
a otro y que puede llevar a una guerra, tal como hizo Israel cuando fue
atacado por Egipto, Jordania y Siria.
Es cierto que los palestinos pueden creer, tras una retirada unilateral,
que en parte ellos han ganado, pero Israel, que ha vencido durante los últimos
35 años, ha actuado de forma unilateral tantas veces y para mal, sobre
todo con la construcción ilegal de asentamientos en los territorios
ocupados, que no hay nada malo desde el punto de vista moral en que, por
su seguridad y por aliviar el sufrimiento de los palestinos y por tratar
de reducir el grado de violencia actual, muestre cierta
"debilidad" y se retire unilateralmente con el fin de establecer
una frontera firme y fiable entre ambas poblaciones que sirva en el futuro
de base para un acuerdo de paz.
Por tanto, creo que la retirada israelí traerá alivio a los palestinos y
a los israelíes, y no animará a los palestinos a continuar con la
violencia, a pesar de que su aspiración a recuperar todos los
territorios. La sensación de victoria los puede inducir a buscar una
reconciliación, del mismo modo que la "victoria" -parcial y
pequeña- que obtuvieron los egipcios en la guerra de Yom Kippur los llevó
a abrir el canal, a alcanzar un acuerdo provisional con Israel y
finalmente a firmar un tratado de paz definitivo.
Pero hay un factor más que influye en la oposición de parte de los
israelíes a establecer una frontera con los palestinos, y ese factor
tiene que ver con la esencia errante del judío, una esencia que le ha
hecho vagar y cruzar fronteras durante dos mil años. El sionismo es el
polo opuesto a ese carácter errante del judío que vaga y está en todas
partes, pero que en el fondo no está en ninguna. Sionismo quiere decir
fronteras territoriales definidas que marquen un espacio donde el judío
sea soberano y responsable de su gobierno. Por ello, el comienzo de una
delimitación de fronteras supone una acción claramente sionista por la
que el Estado de Israel se libera del error histórico de judío que
durante dos mil años ha vivido sin fronteras.
ABRAHAM
B. YEHOSHÚA, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz Ahora
Traducción: Sonia de Pedro
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