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El
Auschwitz de José Saramago
ABRAHAM
B. YEHOSHUA
El
escritor José Saramago llegó con una delegación importante de
escritores, entre ellos, el genial escritor italiano Vicenzo Consolo, en
un acto de solidaridad con el pueblo palestino. Y quiero dejar claro que
era en solidaridad con el pueblo palestino y no con la misión de buscar
la paz en la región, ya que, si alguien desea contribuir en algo a calmar
los ánimos y reducir el odio entre israelíes y palestinos, debe reunirse
no sólo con la cúpula del Gobierno palestino sino también con la cúpula
del Gobierno israelí. Además, si alguien se encuentra con los
intelectuales palestinos, debe hacer lo mismo con los intelectuales israelíes.
Y eso es algo que no ha hecho la citada delegación de escritores. De
antemano, los israelíes fueron rechazados y la delegación habló sólo
con los palestinos, dado que Arafat es conocido como un destacado hombre
de paz, por lo que estos escritores vinieron a apoyar sus pacíficas
intenciones.
Esta delegación está en todo su derecho de venir a apoyar y a animar al
pueblo palestino, que ahora está en una situación tremendamente difícil,
sufriendo cada día una vorágine de locura que lo lleva a consagrar el
terror suicida e indiscriminado que actúa salvajemente en las calles de
Israel.
Hace unos días intelectuales palestinos, entre ellos hombres totalmente
independientes de la Autoridad Nacional Palestina como Edward Said y
Mahmud Darwish, publicaron una carta abierta dirigida a los intelectuales
israelíes, en la que se quejaban del sufrimiento que se le está causando
últimamente a su pueblo, pero también volvieron a afirmar su compromiso
con el acuerdo de Oslo y la creación de un Estado palestino vecino del
Estado de Israel. Enseguida nos reunimos un grupo grande e importante de
intelectuales, tanto escritores como artistas, y contestamos con una carta
más moderada que la de los palestinos. En ella hablábamos de paz y
esperanza y pedíamos una vuelta a las negociaciones; también volvíamos
a expresar el derecho de los palestinos a establecer su propio Estado con
las fronteras de antes de 1967, según se decía en el manifiesto de los
intelectuales palestinos. Cuando muchos en Israel nos criticaron por el
tono moderado, según ellos, de nuestro manifiesto, al no recordar la ola
de violencia palestina en plenas negociaciones de paz durante el gobierno
de Barak, y no mencionar el terrorismo palestino que siguió a raíz de
las propuestas de paz de Barak y el firme rechazo a respetar un alto el
fuego, tuve que repetir en radio y en televisión que no es ahora el
momento de pedir cuentas sino de ofrecer esperanza (a nosotros mismos y a
los palestinos) ante la ola de terrible desesperación que nos envuelve.
Lo que actualmente necesitan ambos pueblos no es pedirse cuentas por el
pasado ni lanzarse proclamas morales sino llamar a la esperanza, a la
ingenua esperanza de que llegará el día en que estos dos pueblos
aferrados el uno al otro como si fueran dos siameses que se desangran podrán
vivir en paz como vecinos.
Pero Saramago, a través de su discurso provocador (que reafirmó una y
mil veces y que de ninguna de las maneras estaba dispuesto a rectificar)
donde comparaba Ramallah con Auschwitz y a los israelíes con los nazis,
¿acaso ha ofrecido con ello una chispa de esperanza al pueblo palestino o
más bien ha provocado una mayor desesperación y locura? Pues si los
israelíes cuya sangre se derrama son fieros soldados nazis y los
asentamientos son la infraestructura con la que se construyen las cámaras
de gas, la única esperanza que les queda a los palestinos es lanzarse a
una guerra de exterminio total donde no sólo serán exterminados los
israelíes sino sobre todo y en primer lugar ellos mismos. ¿Qué
esperanza ofrece Saramago a sus anfitriones si no la de continuar
cometiendo atentados suicidas y provocar más cercos, puestos de control,
pobreza y muerte?Saramago no es un joven inexperto. Es un escritor europeo
de gran prestigio, con amplia experiencia a la hora de manifestarse en público.
Un hombre que durante su larga vida ha podido aprender qué fue realmente
el holocausto y cuál fue el verdadero significado del nazismo. Y si bien
los escritores e intelectuales suelen exagerar con sus metáforas -es algo
que yo sé por mí mismo-, el hecho es que un hombre como él se empecina
en reafirmarse en un discurso radical y absurdo, y no lo hace en Serbia o
en Bosnia, en Ruanda o en Chechenia, sino en Israel, delante de
supervivientes de los campos de exterminio nazis que, de pronto, son
acusados de ser ellos mismos unos nazis. Eso refleja un síntoma que no
responde ya a la ceguera intencionada de quien dice tal discurso, sino a
un fenómeno mucho más extendido. Y tal vez, paradójicamente, tengamos
que agradecerle sus palabras, pues quizá servirán como señal de alarma
frente al nuevo y duro tono que utilizan los medios de comunicación y
otros en Europa cuando analizan la política de Israel en Oriente Medio.
En mi opinión, ese tono tan duro que en ocasiones se utiliza en Europa y
en el que resuena cierto antisemitismo es debido a tres razones
principales:
1. El reproche que los judíos hacen a los países de Europa a causa del
holocausto de la Segunda Guerra Mundial tanto por sus actos, por su
cooperación o por una neutralidad infame (culpa que los judíos y otros
se han esforzado en mantener y destacar desde el fin de la guerra), hace
que muchos europeos traten de aliviar esa culpa arrojando otro reproche
del mismo tipo. Si los judíos son "a veces también nazis",
resulta más fácil sobrellevar el sentimiento de culpa por el holocausto.
Y para proclamar una afirmación tan demagógica como la de Saramago, no
parece importante que nunca a lo largo de todo el conflicto en Oriente
Medio se haya producido ni siquiera un hecho comparable con la política
nazi, y ello es aplicable tanto a los judíos como a los palestinos.
2. La necesidad de radicalizar su postura crítica y juzgar a los judíos
con unos férreos criterios se debe a que muchas veces los europeos
proyectan en Israel su propio sentimiento de culpa por su política
colonial en el pasado. Es decir, para ellos Israel es una variación
peculiar del colonialismo. Los judíos son una especie de europeos que
aterrizaron en el Tercer Mundo y que siguen cometiendo las mismas
barbaridades que hicieron en su momento los europeos. Pero, por supuesto,
eso es insostenible e inexacto. La guerra entre israelíes y palestinos se
parece más a las guerras que durante siglos han mantenido muchos pueblos
en Europa y en Asia por tener un territorio propio. Es una guerra entre
vecinos, más parecida a la que hubo en Chipre, en Irlanda del Norte o a
las de Irán e Iraq contra la independencia de los kurdos. Los israelíes
no son europeos aunque lo parezcan. La mayoría nació en países de
Oriente Medio y gran parte de sus antepasados llegaron del Tercer Mundo,
de Asia y de África. El asunto es mucho más complejo como para juzgar así,
sin más, según los criterios colonialistas tradicionales.
3. La tercera razón de la crítica radical hacia Israel quizá derive de
la segunda. Muchos europeos tienen la sensación de que, en realidad, los
judíos no merecen tener su propio Estado. Ellos no son propiamente un
pueblo y el hecho de que muchos judíos vivan fuera de Israel demuestra
que tal vez no era para nada necesario que se estableciera un Estado judío.
Además, existe la sensación de que sólo a causa del holocausto se actuó
con clemencia hacia ellos y se legitimó su vuelta a Palestina para
implantar su propio Estado. Por tanto, si Israel no es un Estado que haya
surgido de forma "natural" sino por "clemencia", es
normal que su comportamiento deba ser juzgado con unos criterios mucho más
severos que los que se aplican a otros estados, especialmente a los del
Tercer Mundo.
De ningún modo, los israelíes deben servirse de la visión deformada de
los europeos y de su subjetiva crítica radical, como la de Saramago, para
no reconocer las críticas justas que se le hacen. Pero si los europeos
desean ser eficaces y objetivos en sus críticas, para poder ser un
elemento activo y útil en la imposición de una paz justa en Oriente
Medio, han de cuidarse mucho de emplear un tono tan perverso como el de
Saramago, ya que eso no sólo irrita -y con todo derecho- a los israelíes,
sino que, además, sirve como una justificación más para el kamikaze que
entra en un hotel para matar, mientras celebran una fiesta, a ancianos,
mujeres y niños, y entre ellos a algunos supervivientes del holocausto. Y
entonces los terroristas de Hamas y de la Yihad exclaman: "¿Qué
pasa? ¿Por qué os alarmáis? Al final y al cabo, nuestro kamikaze ha
matado a unos cuantos nazis. Acordaos de lo que dijo de los israelíes ese
escritor que es premio Nobel".
ABRAHAM
B. YEHOSHUA, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz Ahora
Traducción: Sonia de Pedro
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