|
“Si
queréis no será un sueño”
|
HERZL
COMPRENDIÓ QUE el odio del nacionalismo laico moderno
hacia el judío era mucho más peligroso que el
antisemitismo de corte cristiano
|
|
|

|
|
EL LÍDER
DEL MOVIMIENTO sionista no era consciente de lo difícil
que sería convencer a los judíos de normalizar su vida
en un territorio soberano propio
|
|
|

|
ABRAHAM
B. YEHOSHUA - 11/07/2004
Hasta qué punto los acontecimientos históricos importantes
dependen de una personalidad determinada? Las respuestas a esta
cuestión han sido muy variadas. Desde aquellos que le atribuyen
a una personalidad histórica una gran importancia y consideran
que sin ella no se habría producido este o aquel fenómeno histórico,
hasta aquellos que únicamente la ven como un instrumento
importante pero no necesario para que se dé o no un determinado
hecho histórico. ¿Habría sido distinta la Segunda Guerra
Mundial si en el Gobierno del Gran Bretaña no hubiera estado
una personalidad tan tenaz y combativa como Winston Churchill
sino alguien más pasivo e indeciso? Yo creo que por muy
importante que fuera la actuación de Churchill en la guerra, al
final las fuerzas de la coalición habrían derrotado a la
Alemania nazi. Y si Charles de Gaulle no hubiera concedido la
independencia a Argelia, ¿seguiría siendo colonia francesa?
Por supuesto que no.
Sin embargo, dudo bastante de que actualmente existiera el
Estado de Israel si no llega a aparecer a mediados de los años
ochenta del siglo XIX un joven intelectual llamado Theodor
Herlz, el cual no sólo formuló explícitamente el sueño de un
Estado judío sino que además trató de materializarlo creando
la infraestructura de un nuevo movimiento: el movimiento
sionista. Es cierto que con los años habrían surgido otras
personas que hubiesen formulado la necesidad urgente de
normalizar la situación del pueblo judío creando una entidad
territorial soberana, pero la ocasión histórica de aquel
entonces: la excepcional grieta que se abrió entre el
colonialismo turco y el inglés a principios del siglo XX antes
del despertar nacionalista de los palestinos, esa ocasión se
habría perdido si no llega a ser por Herzl, y todas las
hermosas ideas de esos otros intelectuales se habrían quedado
en papel mojado.
Muchas biografías se han escrito sobre Herzl. No pretendo
volver a contar cómo fue su corta vida (1860-1904), pero sí
comentar que más allá del tema judío el caso de Herzl nos
muestra un ejemplo de cómo un individuo puede cambiar el
proceso de la historia, crear un movimiento y ello sin estar
ligado a ninguna organización, es decir, creando de la nada.
Algo así sería casi imposible en el mundo moderno actual tan
globalizado. Aun así, Herzl no deja de servir como ejemplo de
lo que puede llegar a hacer y lograr un individuo. ¿En qué
residía la fuerza de ese joven periodista que a los treinta y
cuatro años dio con el punto clave con el que cambiaría el
rumbo de la historia de los judíos?
Theodor Herzl era un judío laico y completamente asimilado que
conocía a fondo el mundo de los no judíos, y ello le permitió
ver con lucidez y precisión el entramado patológico que se
estaba forjando entre los judíos y el mundo no judío de su
alrededor. En cambio, los rabinos, los dirigentes de las
comunidades judías y los judíos que vivían únicamente en su
propio mundo judío no eran capaces de verlo.
A partir del caso Dreyfus en 1894 y la oleada antisemita que se
extendió por París y por toda Francia, Herzl comprendió que
el odio del nacionalismo laico moderno hacia el judío era mucho
más peligroso que el antisemitismo de corte cristiano y de
motivaciones teológicas. Precisamente es el judío laico y
asimilado el que con sus difusas fronteras de identidad puede
encender la mecha del odio más salvaje en el no judío y
provocar una gran tragedia para los judíos.
En definitiva, no sólo hay que educar al cristiano europeo en
la tolerancia sino que también hay que sacar al judío de esa
interacción patológica con su entorno no judío y normalizar
su situación con la creación de una entidad territorial
soberana propiamente judía. Es decir, no basta con seguir
educando al europeo cristiano sino que sobre todo hay que
cambiar al judío.
Herzl también entendió, y ése es su gran mérito, que el
problema judío, o como se decía en los ambientes sionistas, la
tragedia judía, no era sólo un problema de los judíos sino
del mundo entero. El antisemitismo, además de poner en peligro
a los judíos, podía acarrear una gran catástrofe a los
pueblos donde vivían judíos, tal y como después hemos visto
en la segunda guerra mundial con la ruina en que cayó Alemania
por dejarse llevar irracionalmente por el antisemitismo. Por
tanto, el mundo debía sumarse a los judíos para llevar a cabo
juntos una gran empresa: acabar con el problema judío, hacer
que los judíos dejasen de ser el pueblo de la diáspora para
ser un pueblo asentado en su tierra, como cualquier otro pueblo.
Y entonces, durante los pocos años en que fue el líder del
movimiento sionista, se ocupó de intentar obtener el consenso
internacional para que los judíos pudiesen instalarse en
Palestina. En su intento por hacer que Europa tomara conciencia
del problema judío, habló con el káiser de Alemania, con el
sultán turco, con políticos británicos, con el Papa... y
gracias a su encanto personal, su conocimiento de lenguas y de
los secretos de los países europeos, logró hacer el trabajo
peor y más complicado que llevó en 1917, trece años después
de su muerte, a esa famosa declaración Balfour con la que se
legitimaba y permitía el establecimiento de un hogar nacional
judío en Palestina. Eso no se materializaría hasta que en 1947
lo legitimase nuevamente la ONU. Ante los horrores del
holocausto y el tremendo y perverso comportamiento de los
cristianos europeos hacia los judíos, el mundo comprendió que
el problema judío era el problema de todos y se consiguió que
en plena guerra fría el bloque comunista y el capitalista se
pusieran de acuerdo para aprobar la partición de Palestina en
dos estados: uno palestino y otro judío.
El éxito de ese individuo que en solitario creó un movimiento
de tal magnitud estuvo relacionado también con el hecho de que
su plan no tuvo que ser aprobado por los judíos, y eso mismo
ocurrió durante los inicios del movimiento sionista. Tal vez
sea el sionismo el único movimiento revolucionario en el mundo
que actuó sin contar con el pueblo al que pretendía llevar por
un nuevo camino y creó una realidad física nueva, en una
lejana tierra desértica, fuera de la típica realidad judía, y
sin necesidad de la aprobación del propio pueblo judío para
llegar a eso. Si el movimiento sionista de Herzl tuviera que
haber sido votado directamente por los judíos a principios del
siglo XX, sólo habría obtenido quizás entre el 10% y el 15%.
Pero afortunadamente ni el sionismo ni el Estado de Israel
precisaron de una votación de ese tipo. Y al igual que Herzl al
principio tuvo que actuar en solitario, así mismo hicieron los
sionistas que llegaron a Palestina a comienzos del siglo XX:
eran unos revolucionarios solitarios que crearon una
infraestructura para el pueblo que llegaría después.
Como judío laico y asimilado que no sabía hebreo ni conocía
la cultura judía, Herzl era algo ingenuo con respecto al pueblo
al que quería guiar. Él pensaba que en el momento en que le
explicase al pueblo judío la necesidad moral y existencial de
normalizar su situación, todos los judíos le seguirían. Pero
Herzl no era consciente de lo mucho que había calado en la
identidad judía la experiencia de la diáspora y lo difícil
que sería convencer a los judíos de dar el paso para
normalizar su vida y vivir en un territorio soberano propio.
Dado que murió relativamente joven, apenas a los cuarenta y
cuatro años, no tuvo ocasión de quemarse con luchas internas
como le ocurre a muchos líderes y, por eso, ha quedado en la
memoria como un príncipe muy querido. “Si queréis, no será
un sueño”, proclamó en el primer congreso sionista celebrado
en Basilea en 1897 y además profetizó que cincuenta años más
tarde se crearía el Estado judío. Pero lo que no supuso fue
que el pueblo judío desperdiciaría la oportunidad que se le
dio de establecer un Estado antes del holocausto, algo con lo
que podría haber reducido la fuerza del tremendo horror que cayó
sobre él.
ABRAHAM
B. YEHOSHUA, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz
Ahora
Traducción: Sonia de Pedro
|